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EL DESEO DEL DEMONIO Part 3

 CAPITULO 8 DEL DESEO DEL DEMONIO

8

¡Hombre impío y malo eres!

Dulce señora, déjala con sus ruegos, su sueño y sus ensueños, sola con sus buenos ángeles, muy lejos de hombres malos como tú. ¡Fuera, fuera... lo ordeno!

Keats

Elysia paseaba inquieta de un lado a otro frente a un gran peñasco gris, dando patadas a las piedrecitas que encontraba en su camino. El débil sol no había logrado afirmarse y se ocultaba detrás de las distantes colinas, llevándose consigo su pálida luz. El viento castigaba el borde de su falda al soplar helado a su alrededor, y era como un fresco bálsamo para sus mejillas encendidas y sus inquietos nervios.

El almuerzo había sido un desastre, y lord Trevegne, furioso, la había provocado en su enfado, que ardía peligrosamente desde que ella había osado opinar sobre su carácter. Finalmente, Elysia, no pudiendo soportar más los insultos, había salido como una tromba del comedor, dejando sin tocar la comida, sin tomar en cuenta la expresión de ultraje ofendido de lord Trevegne, y las caras sorprendidas de los criados ante su brusca partida. Elysia había corrido al santuario de su dormitorio, sólo para descubrir que las paredes de la habitación la oprimían mientras estaba sentada meditando... llena de lástima de sí misma. Finalmente se había puesto el traje de montar, y rápida y sigilosamente había huido de la atmósfera tensa e incómoda de la casa... sin decir una palabra a nadie. Ella misma ensilló a Ariel —por suerte Jims no estaba en los establos— y galopó triunfal y desafiante en la tarde cargada de tormenta.

Elysia no tenía idea de cuánto tiempo había vagado entre los peñascos contemplando como pastaba Ariel, cuando oyó el ruido de cascos y se volvió, esperando ver la ensombrecida frente de su Señoría. En lugar de esto vio una pulcra yegua zaina, con una amazona vestida de azul, que venía hacia ella.

—Buenas tardes —dijo la muchacha al acercarse a Elysia, que había interrumpido su paseo, y observaba con curiosidad a la amazona. La muchacha era esbelta, con pelo castaño claro y ojos gris humo. Sus mejillas estaban enrojecidas por la cabalgata en el aire fresco.

—Soy Louisa Blackmore —dijo con una vocecita dulce— y vivo en Blackmore Hall... a unas millas de aquí. Es grosero que me presente de este modo, pero rara vez hay desconocidos en estos sitios. Por eso no he podido pasar de largo sin preguntar quién es usted y si, de hecho, está usted perdida —miró a Elysia con preocupación.

—No, no estoy perdida, simplemente salí a cabalgar antes que estallara la tormenta, lo que temo sea pronto. Yo soy Elysia Dem... Trevegne —contestó Elysia, sonriendo a la otra muchacha.

—¡Trevegne! —Louisa Blackmore pareció descon­certada un momento, después, recobrándose, exclamó—:

¿Entonces es usted lady Trevegne, la nueva esposa de lord Trevegne?

—Sí, y usted es la hija del caballero Blackmore. Lo he conocido hoy, más temprano.

—Oh, realmente es un placer conocerla, lady Trevegne —dijo Louisa extendiendo con decisión su mano enguantada—. Siento que no he dado un paso en falso y sido demasiado entrometida... siempre me reprenden por eso... pero ya que ha oído hablar de mí, y no soy para usted una total desconocida, entonces todo está bien.

Sonrió con sincera amistad a Elysia. No parece que tenga el corazón destrozado, pensó Elysia, sonriendo hacia la alegre cara de Louisa, y recordando las frases del hidalgo Blackmore acerca del estado de ánimo de su hija al enterarse de la existencia de la nueva lady Trevegne.

—Gracias —contestó Elysia cortésmente— también es un placer para mí conocerla —estaba intrigada por el evidente deleite de Louisa Blackmore al enterarse de que ella era lady Trevegne.

Un fuerte trueno resonó sobre sus cabezas, haciendo que los caballos se agitaran nerviosos.

—Creo que debo volver a montar antes que la tormenta caiga sobre nosotras y nos empape totalmente —dijo Elysia con temor, tomando las riendas de Ariel y llevándolo hacia la roca donde debía subirse para montar.

—Podemos charlar de vuelta hacia el camino prin­cipal, una vez allí tomaré en dirección opuesta —dijo Louisa, y empezaron a trotar una junto a la otra—. De verdad no puedo creer que monte usted ese caballo —conti­nuó atónita, con una nota de miedo en la voz—. Me moriría de miedo con sólo tocarlo. Ni siquiera lord Trevegne puede montarlo, pero usted lo hace, y sin un caballerizo que la acompañe. Mi caballerizo espera en el camino, como una sombra constante... pero así me siento más segura. Y ahí está usted, galopando sola, y en ese caballo salvaje —tuvo un delicado estremecimiento ante la idea.

Elysia rió ante la primera diversión auténtica que había experimentado en anos.

—Parece que estoy dando una imagen distorsionada de mí misma. De pronto descubro que poseo extraños poderes mágicos, porque monto un caballo que se supone no puede ser montado. La verdad del asunto es que he montado este caballo hasta que me vi obligada a venderlo. Como ve, soy una simple mortal, sin extraordinarios poderes de persuasión.

—Bueno, es un alivio. Le aseguro que creía que usted era una bruja —dijo Louisa en broma— pero monta muy bien, y yo apenas puedo contener a Paloma cuando se pone inquieta; me siento avergonzada de cabalgar a su lado —felicitó a Elysia, acariciando con cariño el cuello de Paloma.

—Monta usted muy bien teniendo en cuenta que es tan pequeña. En verdad sería de su parte tonto y peligroso montar un gran caballo brioso —contestó Elysia. Y añadió, mientras contemplaba las manitas infantiles que controlaban las riendas—. Me hace usted sentir como una musculosa amazona... con la lanza y el escudo en la mano para repeler el ataque.

Louisa emitió una risita y lanzó a Elysia una mirada incrédula.

—Pero eso no es posible, ¡es usted tan hermosa! Me gustaría tener su pelo rojizo. Es un color glorioso comparado con mis feos rizos castaños —suspiró—. Papá dice que soy un ratoncito... y temo que tiene razón al creerlo, porque carezco notablemente de coraje y robustez.

—Eso podría hacer creer que es usted un herrero o un molinero —dijo Elysia riendo—. Usted es simplemente delicada y pequeña, y yo la envidio. ¿Qué le parece si nos cambiamos?

—¡Oh, por Dios, no! Sería inútil, porque yo nunca podría ser la esposa del marqués. Me provoca simplemente terror —dijo ella con ojos asustados. Se llevó, turbada, la pequeña mano a la boca—. Oh, ¿qué pensará usted por haber dicho eso acerca de su marido? Simplemente es usted tan simpática que he olvidado que es la marquesa.

—Pienso que es usted totalmente sincera y tengo motivos para sentirlo, porque el marqués puede ser bestial a veces —contestó Elysia, directamente, sin tapujos.

Louisa la miró admirada.

—Me alegro mucho de haberla conocido, porque es usted muy simpática, no se parece nada a lo que yo había imaginado. Creía que iba a ser usted snob y desdeñosa, como las señoras de Londres que visitan a veces Blackmore. Me hacen sentir tan torpe... como si todavía estuviera en la es­cuela... —declaró con voz indignada.

—Bueno, no tiene usted que esperar eso de mí, porque nunca he sido ese-tipo-de-dama-de-Londres. Prefiero la simplicidad del campo —afirmó Elysia, aunque desde luego no podía decirse que Westerly es un lugar simple.

—¿Significa eso que pasará usted mucho tiempo aquí? —preguntó Louisa excitada—. Espero que así sea. He estado muy sola. Papá y mamá van con frecuencia a Londres. Como todavía soy muy joven para la temporada, debo quedarme aquí para terminar mis estudios. Con frecuencia he anhelado tener una amiga... ¿quiere usted ser mi amiga, lady Trevegne?

—Por favor, tutéame, llámame Elysia. ¡Hace tanto que deseo tener una amiga con quien hablar! —Elysia miró la figurita de Louisa y añadió, con tono provocador—: A veces necesito un hombro bueno y fuerte en que apoyarme.

Louisa rió, deleitada.

—Esto es realmente maravilloso, porque creo que seremos íntimas amigas. Tú pareces tan simpática y divertida, y papá ya no podrá reprenderme por no haber conquistado la admiración de lord Trevegne. Si supieras hasta qué punto me horrorizaba la idea, o hasta la posibilidad de que lord Trevegne se hubiera fijado en mí —dijo, palideciendo visiblemente.

—¿De verdad tu padre deseaba el casamiento entre tú y lord Trevegne? —a Elysia le resultaba difícil creer que nadie pudiera desear entregar su hija a un marido semejante.

—Sí; estaba bastante decidido, y parecía muy trastornado esta mañana cuando nos dijo que el marqués se había casado. Creo que verdaderamente esperaba que su Señoría se casara conmigo... lo que es en verdad ridículo, porque yo no soy en modo alguno su tipo.

Casi habían llegado al camino, cuando empezó a caer una ligera llovizna y apresuraron el paso.

—Espero que no tengas mucho camino que recorrer, Louisa. ¿Por qué no vienes a Westerly hasta que esté listo un coche para llevarte a tu casa?

—No, no está tan lejos, de verdad. Y, si me apresuro, llegaré bien. ¿Nos veremos pronto? —preguntó Louisa, esperanzada.

—Probablemente mañana por la noche. Hemos sido invitados a cenar.

—¡Oh, eso espero! Me siento muy incómoda con los amigos londinenses de papá —dijo Louisa preocupada—, esta mañana han llegado varios carruajes desde Londres, aparentemente para una estancia indefinida. —Louisa sonrió a medias y saludó con la mano mientras volvía a su pequeña yegua en dirección opuesta, seguida de cerca por el caballerizo cuando enfiló por el camino.

Elysia saludó también con la mano y se apresuró hacia la casa, que se erguía nebulosa en medio de la lluvia, a lo lejos. Se sentía feliz. De verdad había encontrado una amiga, alguien con quien hablar y compartir las cosas. Elysia sonreía y canturreaba una cancioncilla cuando entró en el patio de las caballerizas. Estaba contenta por haberse decidido a montar. Sólo había galopado un rato aquel día antes de verse forzada a regresar, y había disfrutado ampliamente dejando que Ariel siguiera su impulso. El paseo también la había ayudado a despejar las telarañas de su mente y a aliviar algo la inquietud que experimentaba. Pero su sonrisa se desvaneció, y la cancioncilla se interrumpió bruscamente cuando vio a lord Trevegne que se preparaba a montar a Sheik, y Jims miró con alivio al oír el ruido de los cascos.

Jims ayudó a desmontar a Elysia, porque lord Trevegne no hizo gesto alguno para hacerlo. Ella se atrevió a lanzar una mirada al rostro amenazador... en verdad parecía como si quisiera estrangularla, tan agresiva era su expresión.

—No debió usted salir sin decírselo a nadie, señorita Elysia —la reprendió Jims.

—Lo siento, Jims, pero no había nadie aquí, y tenía ganas de montar —explicó Elysia nerviosamente al sentir el firme apretón de los dedos de lord Trevegne en su brazo en cuanto se le acercó.

—¿Quieres que entremos, Elysia? Seguramente querrás cambiarte —dijo él con voz muy suave y tranquila. Elysia lo miró sorprendida: no parecía enfadado, aunque ella le hubiera desobedecido... pese a los labios apretados y el estremecimiento de las aletas de la nariz.

—Sí, es precisamente lo que pensaba hacer —dijo Elysia, saludando a Jims con la mano, mientras el hombre miraba azorado la poco preocupada cara de ella. Su Señoría estaba de un humor atroz y la señorita Elysia iba a recibir una buena reprimenda... o algo más. Nunca había visto a lord Trevegne tan trastornado, con los ojos brillando oscuramente, como cuando descubrió que la señorita Elysia había salido sola a cabalgar. Pero la única señal evidente de su furia había sido la forma en que apretaba los puños. Su Señoría no estaba acostumbrado a que le pasaran por encima, y la señorita Elysia, que era una muchachita de mucho ánimo, se la estaba buscando. Se preguntó si el marqués seria capaz de dominarla. La Señorita Elysia siempre devolvía lo que recibía. Bueno... ya se las arreglarían.

Elysia intentó soltar su brazo del apretón del marqués cuando marchaban rápidos hacia las grandes puertas dobles, pero sólo sirvió para que él apretara más dolorosamente.

—Me está haciendo daño —dijo Elysia sin aliento, mientras le rechinaban los dientes. Pero él ignoró la protesta de ella, la arrastró hasta su estudio, una habitación en la que ella aún no había estado, preocupada por no molestar al león en su cueva.

Era una habitación de aspecto cálido, con drapeados color vino oscuro, alfombras orientales y grandes sillones de cuero rojo. Un gran escritorio de caoba estaba colocado directamente frente a los ventanales, que llegaban hasta el suelo. Sobre su superficie suave, muy brillante, había un halcón de oro de un agudo pico colocado sobre una pila de papeles. El fuego ardía brillante en la chimenea... chisporroteando.

Sin previo aviso, lord Trevegne tomó el otro brazo de Elysia y la sacudió hasta que ella tuvo la sensación de que iba a desprendérsele la cabeza. Elysia clavó en él los ojos llorosos cuando la ira de lord Trevegne se calmó, y sus la­bios temblaron incontrolados.

—Si vuelves a desobedecer mis órdenes, Elysia, te azotaré casi hasta matarte —articuló, con voz ronca.

—¡No se atrevería usted a hacerlo! —chilló Elysia, con vocecita ofensiva, y una vena latió salvaje en su garganta.

—Me atreveré a lo que sea. No me lleves demasiado lejos, porque estoy casi al fin de la cuerda. He dado órdenes precisas para que no salgas a cabalgar sola. No es un capricho ni un deseo ocioso. No conoces esta comarca, los páramos pueden ser peligrosos... junto con azares fortuitos que pudieran presentarse. Vivimos en la costa, y estamos en guerra con Francia. Contrabandistas y espías, y Dios sabe quiénes más pueden haberse refugiado en las cuevas y los estuarios que abundan en esta zona.

Elysia le clavó los ojos, consternada, sintiéndose cul­pable. Después de todo, si le prohibía montar era para protegerla.

—Perdón lord... hum, milord —vaciló confusa, incapaz de llamarlo por su nombre de pila.

—Me llamo Alex. A-L-E-X, y por Dios, debes tutearme. Repite. Di mi nombre ahora —le dio otro sacudón amenazador.

—A...lex... —murmuró Elysia suavemente, mirando fijamente el fuego.

—Sí, Alex. No es tan difícil, ¿verdad? —dejó caer los brazos de los hombros de Elysia y se volvió.

—De verdad lo lamento, pero siempre he cabalgado sola, y no tengo costumbre de ser seguida por un caballerizo —procuró explicar ella.

—Aquí no montarás sola. Harás lo que te he dicho, sin discutir mis órdenes.

—Si me hubieran dicho el motivo por el que no debo montar sola, habría seguido el consejo... —dijo Elysia exasperada, olvidando la sumisión previa.

—No tengo que explicarte nada, querida. Cumplirás mis órdenes como he dicho —afirmó con arrogancia el marqués, lanzándole una mirada de provocación.

—En otras palabras, soy tu esclava... tu propiedad. ¡Pues no lo seré! ¡Tengo cabeza y sentimientos, y están por encima de tus órdenes! —declaró Elysia, con calor.

Lord Trevegne la miró entornando los ojos con los puños apretados.

—Si no fuera un caballero te golpearía, querida, pero no me gustaría marcar esa bonita cara.

—Oh, no, adelante, pégame. Es lo único que haces... amenazarme con insultos. Estás deseando emplear contra mí la violencia física desde que nos conocimos —lo provocó ella.

—Querida, si tuvieras la más remota idea de lo que he deseado hacer desde que nos conocimos, no te plantarías así tan provocativamente, desafiando a que pruebe mi virilidad con mi fuerza física. No te gustarían los métodos que podría usar para someterte —dijo él burlonamente, y sus ojos recorrieron la tensa figura de ella, y el rencor se reflejó en su mirada.

Elysia retrocedió un paso, súbitamente asustada de lo que él insinuaba.

—No te estoy provocando, pero te darás cuenta de que no soy una esposa sin médula, capaz de hacer sólo lo que su marido manda, sin tomar en cuenta sus propios deseos. Y seguiré sintiendo de esta manera sin tomar en cuenta las órdenes que puedas darme.

—¿De verdad, querida? Ay, ay, ignoraba que me había casado con una libertaria. Esta es una con­versación reveladora. Estoy abrumado, ¿qué pensarán mis amigos? —siguió burlón, sentándose en uno de los sillones de cuero rojo—. Me equivoqué creyendo que eras una mujercita dócil y muy tratable, que iba a darme la bienvenida como amo y marido, con los brazos abiertos.

—Te burlas de todo —dijo Elysia furiosa. Se dirigió a grandes pasos hacia la puerta, se volvió y le lanzó una mirada relampagueante con sus brillantes ojos verdes — dejemos pues que este sea el matrimonio en broma que es, sin que ninguno de los dos exija... ni espere... nada del otro.

Elysia se precipitó fuera de la habitación, sin tomar en cuenta el furor de él y la forma imperiosa en que la llamó por su nombre.

Elysia se dejó caer de espaldas y miró hacia la negrura del dosel de su cama. Durante horas había estado agitada, dándose vueltas. Era inútil, no podía dormir. Se sentó, y, abrazando sus rodillas, descansó el mentón sobre los brazos cruzados, y pensó en otra cena interminable que había padecido, sin ser consciente de lo que tragaba plato tras plato, servicio tras servicio, a medida que eran retirados y reemplazados por otros. Se había alegrado de la extensión de la larga mesa de comedor entre ella y el marqués, que le lanzaba miradas furiosas desde la otra cabecera. Dudaba que alguna vez pudieran disfrutar de una comida juntos. El pobre Antoine, el temperamental chef francés de su Señoría, debía de estar a punto de llorar ante sus inapreciados triunfos culinarios, destinados a los lacayos y doncellas.

¿Cuánto tiempo podrían continuar ambos en aquella atmósfera de guerra? Ante los cansados ojos de Elysia, era como si lord Trevegne disfrutara de aquello. Ella, por su parte, se sentía tensa y nerviosa, preguntándose cuándo iba a llegar la próxima frase sardónica y cómo iba a responderle, y sus facultades mentales se concentraban al máximo en la defensa.

Se sentía inquieta... como al borde de un precipicio, y un paso en falso podía enviarla a sumergirse en profundidades de las que no podría salir. Aunque no conocía bien el carácter de su Señoría, Elysia sentía instintivamente que él estaba en ebullición, y parecía volverse más diabólico a medida que pasaban las horas. Parecía que ella era capaz de probar su paciencia más allá de lo acostumbrado. Bueno, el arrogante marqués había encontrado su par en ella, se dijo Elysia, sonriendo con satisfacción, disfrutando de ser la espina clavada en el costado. Tendría que jugar sus cartas con cuidado... y ya vería el marqués quién tenía los triunfos en esta partida de ingenios. Pero, desde luego, ella no tenía intenciones de hacer peligrar su situación más bien precaria provocándolo demasiado o con demasiada frecuencia. Era evidente que hoy le había hecho hervir la sangre... y había tenido un atisbo de aquellas pasiones apretadamente contenidas, de las que generalmente él tenía las riendas. Sí, tenía motivos para temer. Ahora andaría con cuidado. Apreciaba demasiado su pellejo para jugar al descuido con

el marqués.

Elysia echó hacia atrás las mantas, se deslizó fuera de la cama, y sus pies buscaron las bonitas chinelas azul turquesa que hacían juego con su bata de terciopelo. Agradeció su calor cuando la deslizó sobre el leve camisón de hilo, con la cintura alta sujeta por dos delgadas cintas de

terciopelo.

Ató el lazo ajustadamente a la cintura, encendió una vela en las brasas que ardían en la chimenea, y después salió al corredor, que estaba en silencio excepto por el apagado sonido del mar a lo lejos. Elysia caminaba lentamente, procurando no mirar los rincones oscuros y las alcobas mientras su vela lanzaba una luz delante de ella. Protegió con cuidado la llama con la mano, contra las corrientes de aire que podían apagarla al azar.

Al dejar la escalera oyó que el antiguo reloj del salón daba dos campanadas, y el ruido se convirtió en eco. Elysia lanzó una mirada furtiva hacia el estudio de lord Trevegne. No se veía luz por debajo de la ranura de la puerta; finalmente debía de haberse acostado. El había sacado del aparador una botella de oporto y abandonado el comedor inmediatamente después del último servicio, olvidando el postre. Después se había encerrado en su estudio, y seguía allí cuando ella se retiró unas horas después.

Elysia levantó el candelabro hacia la hilera de libros, y la luz le dejó ver los títulos mientras avanzaba siguiendo uno de los estantes de la biblioteca y procuraba decidirse por alguno. Seguramente cualquiera la ayudaría a dormir. Elysia había extendido la mano para tomar un grueso volumen de latín cuando sintió que no estaba sola y se dio vuelta apresuradamente.

Lord Trevegne estaba en la puerta que comunicaba el estudio con la biblioteca. Se apoyaba contra el dintel de la puerta, sin cuello ni corbata, y la luz del fuego jugueteaba sobre su figura; tenía un vaso semivacío en la mano.

—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? —dijo avanzando en la habitación—. ¿Una incursión nocturna en mi biblioteca?

—Creía que habías ido a acostarte —dijo Elysia, apretando protectoramente el grueso volumen contra su pecho, asustada ante el extraño brillo en los ojos de él.

El le quitó de su mano el tembloroso candelabro, lo situó ante ella, y sus ojos la recorrieron lentamente, deteniéndose en el pelo suelto que palpitaba con el resplandor de la llama.

—La puerta estaba abierta y me pareció oír un ruido, vine a averiguar... ¿y qué he encontrado? Mi erudita esposa

—se burló—. ¿No podías dormir? Muy malo, porque en un matrimonio ficticio, sólo te quedan los libros para consolarte en las largas horas antes del alba.

—Es bastante. ¿Crees que sólo los hombres pueden ser cultos? Bueno, las mujeres también tenemos derecho a usar el cerebro...

—No tenéis necesidad de cultivar el cerebro, querida

—interrumpió él— porque lo único que debéis usar para lograr lo que deseáis es vuestro cuerpo.

Elysia contuvo el aliento y el rubor subió a sus mejillas.

—¡Eso es mentira! —dijo con ardor, adelantándose en su furia—. Los hombres quieren que seamos ignorantes, para usarnos únicamente en sus placeres. Ser esposa para obedecer y satisfacer los deseos. ¡Oh, sí, quieren que seamos ignorantes... porque, si nos educamos, si tenemos derechos propios, no los necesitaremos!

Lord Trevegne permaneció en silencio contemplando el pálido rostro de Elysia: los ojos de ella lanzaban un fuego verdoso en su ira, y sus pechos se agitaban hondamente en el estallido. Arrojó el vaso, ya vacío, en la chimenea, donde se partió en mil astillas.

Elysia se sobresaltó ante el ruido del vidrio roto, y la violencia del gesto que reflejaba sus sentimientos. El apagó la vela que le había quitado con los dedos, la dejó caer al suelo, se precipitó sobre Elysia y la sujetó de los hombros con sus grandes manos.

—¿De manera que no necesitas a los hombres? —dijo ominosamente, y sus ojos fueron brasas en la cara asustada de ella—. Ya es hora de que te enseñe hasta qué punto nos necesitas... me necesitas, para ser preciso, porque nunca conocerás otro hombre, ahora que eres mía. He esperado demasiado para darte algunas lecciones... he soportado tus maneras viperinas, he dejado sin castigar tus insultos, he tolerado lo que nunca habría tolerado a otro... y dejarlo seguir viviendo —rió cruelmente—. ¿Quieres un matrimonio ficticio? Te mostraré, reina de las nieves, hasta qué punto puede ser real... ¡y lo será!

El marqués la atrajo a sus brazos antes de que Elysia pudiera hacer un movimiento de protesta, y sus labios se apoyaron con fuerza en los de ella. Sintió que apretaba contra el suyo el blando cuerpo de ella, que la moldeaba. Sus musculosos muslos se apretaban contra sus piernas, sus manos recorrían acariciantes la espalda y las caderas, acercándola más. Elysia procuró luchar contra aquel abrazo de hierro, pero él siguió estrechándola hasta que ella se sintió como parte de él. Su boca abierta le separó los labios con exigencia, una de sus manos se movió desde su hombro hasta el cuello, deslizándose bajo el reborde del camisón... y el sutil tejido sirvió de escasa protección para los dedos ávidos, que buscaban y acariciaban la suave y cálida piel del seno.

Se interrumpió de pronto, y tomando a Elysia en brazos salió a zancadas de la biblioteca y atravesó el gran salón en dirección a la amplia escalera. Elysia luchó frenética, consciente ahora de todo el alcance de sus intenciones. Sabía que nada iba a detenerlo esta vez.

—¡Déjame en el suelo o gritaré hasta despertar a to­dos! —amenazó Elysia, cuando llegaban a lo alto de la escalera.

—¡Adelante! Nadie intervendrá. Soy aquí el único amo... y tu amo, mi querida esposa. Tengo el derecho moral y legal de hacer contigo lo que me dé la gana —rió, y su risa sonó diabólica en la aterrada mente de Elysia.

Elysia le golpeó el pecho y los hombros, le dio una dura bofetada en la cara antes de que él la levantara en vilo, bloqueando sus brazos agresivos con el suyo... y manteniéndolos impotentes y ligados.

Los antepasados corsarios del marqués parecían mirarlos, aprobando, cuando él pasó con la muchacha que se debatía entre sus brazos; su expresión diabólica igualaba a la de ellos.

—¡Bestia! ¿Piensas violarme? Porque de eso se trata —dijo ella, con voz chillona por el miedo—. ¿Quieres forzar a una mujer que no lo desea y para quien tus intenciones son repulsivas?

—No, no será una violación, Elysia —dijo él torvamente, soltando la mano para abrir el picaporte de su cuarto—, porque haré que desees mis besos y mis caricias hasta que me supliques que te tome y que te haga mía; ¡y por Dios que me desearás!

Lo último que Elysia vio, antes de que él cerrara la puerta, fue el biombo chino; las caras dibujadas en laca miraban grotescamente los asustados ojos de ella. Los delgados labios rojos pintados para siempre en vacías sonrisas, los ojos oblicuos que miraban fríamente y sin expresión hacia el espacio, los vestidos de ricos colores orientales burlándose de los rostros con máscaras de muerte.

El marqués arrojó a Elysia en la cama y empezó a quitarse los pantalones y la camisa.

—No lo intentes, Elysia —dijo, cuando ella hizo un movimiento súbito de dejar la cama— porque ahora no hay escape para ti.

Elysia contempló fijamente el cuerpo desnudo de él, llena de pánico, y su terror fue tan profundo que el cuerpo empezó a temblarle, incontrolado. Se deslizó fuera de la cama y corrió hacia su dormitorio, pero lord Trevegne se movió con rapidez y la agarró por la cabellera, que flotaba tras ella. Le dio un doloroso tirón que la arrojó entre sus brazos.

—¿Tienes miedo, querida? ¿No te atreves a desafiarme... por miedo de que yo tenga razón? —preguntó presuroso, mientras le arrancaba la ropa, la tela semitransparente del camisón que ocultaba su cuerpo, y que desgarró con un violento ademán de sus largos dedos.

La levantó y la arrojó en la cama, se le echó encima, y su cuerpo largo y esbelto oprimió el de ella en la blandura del colchón. Elysia apartó la cabeza de los labios que la buscaban, la movió de uno a otro lado en la almohada hasta que finalmente él la sujetó con sus manos y su boca se apoyó, posesiva, en los labios de ella.

Elysia sintió que una oscuridad que todo lo envolvía descendía a su conciencia, y la humedad de las lágrimas en sus mejillas. Esperaba ser herida por la potente fuerza de sus besos... pero no era así. Sentía picotones suaves y leves sobre su boca vulnerable, tierna desde antes, por los primeros besos de él. La presión se acentuó —no dolorosa— sino persuasiva. Su respiración se unió a la de él mientras él seguía besándola, explorando lentamente su boca, abierta por la lengua de él, que la buscaba.

Sentía las manos que recorrían su cuerpo, acariciando su carne de manera hipnótica... tocándola íntimamente, haciendo que traicionara a su mente mientras sentía extrañas sensaciones que la atravesaban, y él hundía el rostro en el suave cabello de ella, enroscándolo en su cuello y hombros, una cabellera que los ataba, los unía. Alex continuó el lento y decidido ataque a sus sentidos, explotándola hasta que ella gimió suavemente. Elysia se sintió más allá de sí misma... y no podía controlar sus emociones. El era como un titiritero maestro, que tiraba de las cuerdas que controlaban cada uno de los movimientos de ella, hasta que involuntariamente ella puso los brazos alrededor del vigoroso cuello, estrechándolo más, moviéndose invitante bajo él, y los movimientos surgieron naturales en su deseo de sentir el placer último y la satisfacción de hacer el amor.

El marqués lanzó una profunda carcajada, lleno de triunfo, sus labios se precipitaron ávidos sobre la boca entreabierta de ella, y cuando finalmente ella también lo besó, le dio enteramente toda la dulzura de su boca.

—¿Me deseas, Elysia? —preguntó él, con voz densa, haciendo que la cara de la joven ardiera por los besos, esperando casi sin aliento la respuesta de ella.

Elysia volvió la cabeza, esta vez buscaba los labios de él... para darle la respuesta mientras entregaba su boca al profundo beso, que se hizo más y más hondo hasta que él apartó de golpe la boca y exigió, con rudeza:

—Dime que me deseas... que me quieres... ¿O debo dejarte?

—No —logró decir al fin Elysia con voz entre­cortada— te deseo... Alex.

Estas palabras parecieron enardecerlo.

—Ah, pronto serás mía... realmente mi mujer, de hecho y de nombre. He derretido ese hielo tras el cual te ocultas. ¿Crees que puedes engañarme cuando tu pelo parece arder, y tus ojos me desafían a que te haga mía? Oh, milady, pronto cosecharás las ventajas de tu belleza...

—Eres el diablo —murmuró Elysia, consciente de haber perdido la batalla.

—Ay, milady, y tengo un deseo diabólico de tí. Se movió entonces, la oprimió, separó sus muslos y entró en ella, con suavidad, con cuidado, hasta que ella sintió un dolor agudo y una enorme presión dentro. El pareció no tener ya control de sí mismo hasta que se unió al cuerpo de ella, con sólo la necesidad abrumadora de satisfacerse.

Elysia quedó quieta. El jadeo de la respiración de él, era parejo al de ella. Su brazo se movió para rodearla, ponerla otra vez bajo él. Ella resistió un instante el abrazo, pero no podía ya negarse.

—Esta vez, milady, igualarás mi deseo. Ella sintió otra vez la presión ahora familiar dentro de ella, y aquel cuerpo duro que presionaba el suyo. Pero ahora, al moverse contra ella, creó sensaciones que se extendieron por todo su cuerpo, como un fuego loco, hasta que Elysia jadeó en voz alta y todo estalló profundamente dentro de ella, llevándola a un mundo de tal deleite y exaltación que casi se desmayó al sentirlo. El parecía aguijoneado por los demonios y siguió amándola toda esa noche, hasta la mañana... convirtiéndose más en el cuerpo y el alma de ella que lo que ella misma era. Elysia se sintió desposeída de toda energía y emoción... como si Alex hubiera absorbido de su cuerpo la fuerza vital de ella. Sintió como si se muriera cuando él la dejó.

Quedó echada respirando pesadamente, con la cara llena de lágrimas. Volvió la cabeza y la movió con suavidad, tímidamente, para apoyarla en el pecho de él. Alex miró el rostro de ella y la apretó más contra su costado, echando hacia atrás, con mano cariñosa, el pelo revuelto que le cubría la cara. Elysia cerró sus pesados párpados, curiosamente confortada. Se sentía segura, con la mano apoyada en el cuello de él, cuando se durmió.

SORPRESA CAPITULOS 9 Y 10 DEL DESEO DEL DEMONIO

9

El mundo entero es un teatro los hombres y las mujeres nuevos actores: todos tienen sus entradas y salidas.

Shakespeare

Elysia oyó el tintineo de la porcelana y de los cubiertos y hundió la cabeza en la blanda almohada de plumas, ahogando un bostezo.

La doncella abrió los pesados cortinajes y una franja de luz penetró en la habitación en sombras.

—Son más de las once, milady —dijo Lucy, tomando la cargada bandeja del desayuno de manos de la doncella.

Elysia se sobresaltó, alarmada. ¡Más de las once! No era posible. Miró el relojito que hacía tic tac sobre la repisa y meneó la cabeza, incrédula. Debía de haber dormido como una muerta. Nunca había sido tan profundo su sueño. Se incorporó para sentarse, pero volvió a hundirse bajo las mantas al darse cuenta de su desnudez. Se ruborizó intensamente al ver su camisón colgando de una sillita dorada, el salto de cama en la alfombra, donde había sido arrojado por una mano descuidada.

Lucy interceptó su mirada avergonzada, y dejando a un lado la bandeja buscó un salto de cama blanco, con volados, y comentó con tacto que hacía frío y que ese abrigo le vendría muy bien. Agradecida, Elysia se puso la prenda y concedió una atención desusada a su desayuno, forzándose en comer varios trozos de una esponjosa tortilla, hasta que oyó partir a Lucy. Miró las puertas cerradas que separaban su cuarto del de Alex. ¿Realmente ella había estado la noche anterior en el cuarto de él? Alex... podía pronunciar ahora su nombre sin vacilar, sin tropiezos.

Elysia sintió que un cálido rubor cubría su cuerpo al recordar lo que había pasado esa noche entre ellos, en aquella hechicera hora de la medianoche, que había parecido prolongarse hasta la eternidad. Debería odiarlo... pero no podía. El le había dicho que no iba a forzarla a que se sometiera a él, y no lo había hecho. Ella se había entregado por voluntad propia a los deseos de él... casi los había igualado. Honradamente no podía echarle la culpa de lo que había pasado. El la habría dejado si ella se lo hubiese dicho... pero no lo había hecho... deseó que él se quedara. El había jurado hacer que ella lo deseara, y lo había deseado... hasta sentir dolor. No había creído que una mujer pudiera sentir de ese modo. ¿Acaso era algo malo el deseo que sentía profundamente dentro de sí? No podía ser amor... el amor era diferente. Era camaradería, cariño, amistad. De haber estado enamorados habrían reído juntos, hablado hasta sa­ber todo el uno del otro. ¿Y qué sabía ella de su marido? En realidad nada. Era rico, tenía un hermano, era huérfano y reconocía tener una mala reputación. Podía ser cruel, sarcástico, cínico y enfurecerse con ardor. No era el tipo de hombre del cual siempre había soñado enamorarse... y casarse. Se sentía muy confundida con las nuevas y conflictuantes emociones.

Elysia tomó la delicada taza de porcelana y bebió un sorbo, haciendo una mueca al volver a dejar en la bandeja el chocolate frío. Se levantó de la cama, se quitó el peinador, y contempló su esbelto cuerpo desnudo en el gran espejo. Era siempre la misma, excepto por algunos moretones púrpura en los hombros y los pechos. Sintió unos músculos cuya existencia había ignorado mientras caminaba por el cuarto. Descubrió que su mirada se volvía constante hacia la puerta cerrada. Recordaba vagamente que la habían levantado y la habían llevado en el fresco aire de la mañana, rezongando porque la sacaban de la cama caliente para colocarla en otra que estaba casi fría. Ahora estaba agradecida de que Alex la hubiera devuelto a su propia cama.

Tocó la campanilla llamando a Lucy, y envolviéndose en el peinador se acercó a la ventana y quedó contemplando el mar... todavía con olas y agitado por la tormenta. Grandes ondas movían los barquitos pescadores de la aldea como si fueran juguetes.

¿Cómo podía enfrentarse a Alex? ¿Qué pensaría él... ahora? Rechazaba los íntimos detalles de la noche pasada. Podía ver la sonrisa burlona de él, y sentía el resplandor de triunfo en sus ojos. Ella no podría soportar que él dijera algo que degradara lo que había pasado entre ambos.

Elysia miró preocupada hacia la distancia, preguntándose si podría enfrentarse a él después de aquel encuentro definitivo. ¿Debía fingir indiferencia... un frío desdén... frialdad ante algo que había desmenuzado su vida... que la había cambiado para siempre? Ya no era una muchacha inocente. Era una mujer... la mujer de Alex... y él era un amante exigente.

La atención de Elysia se distrajo por un movimiento en el camino, a lo lejos. Un carruaje amarillo brillante y rojo coma incontrolado, tirado por un par de briosos bayos, y maniobrado por un caballero que se afanaba en dominar la yunta que se precipitó al galope en el patio de abajo. En la lejanía vio otro carruaje, que viajaba más moderadamente, abriéndose camino con lentitud por la escarpada ruta. El primer caballero, el del vehículo reluciente, había logrado frenar a los bayos con la ayuda de los palafreneros, y miraba ahora nerviosamente a su alrededor, mientras se paseaba de un lado a otro, aparentemente indeciso.

Elysia fue rápidamente a su armario, tomó el primer vestido que vio y empezó a vestirse con rapidez, ansiosa por enterarse de lo que pasaba. Con la experta ayuda de Lucy y sus hábiles manos y sus propios e impacientes tirones, Elysia terminó de vestirse y bajó las escaleras, el pelo echado hacia atrás cayendo en rizos, sujetos con una cinta de gasa amarilla que hacía juego con el vestido de muselina, los zapatos y el chai de seda floreada puesto descuidadamente sobre sus hombros.

Había gran agitación y actividad en el gran salón de abajo. Elysia llamó a Browne, cuya calma habitual lo había abandonado y pasaba agitado, con el pelo revuelto y separado en mechones, la boca moviéndose sin ruido en medio del traqueteo.

Algo tremendo debía de haber pasado para que Browne perdiera el control, un control que probablemente había conservado durante cincuenta años. Sólo una cosa podía lograr desazonarlo: que le hubiera ocurrido algo al marqués. Alex debía de estar herido o en alguna dificultad, pensó Elysia, llena de pánico. Se precipitó hacia las grandes puertas dobles, olvidando la decisión previa de parecer indiferente, y las atravesó como un torbellino, con el chai flotando a su alrededor.

Charles Lackton se volvió ante el ruido de pasos que se acercaban, y quedó petrificado al contemplar la figura que corría. Estaba preparado para enfrentarse a lord Trevegne, pero no a esta extraordinaria figura vestida de amarillo, que parecía a punto de enfrentarse a él. Retrocedió rápidamente.

La figura se detuvo ante él, y sintió que dos manos temblorosas le tiraban de la manga. Miró incrédulo un rostro pálido, con luminosos ojos verdes.

—Qué ha pasado? ¿Se trata de Alex?... ¿Está herido? —dijo Elysia ahogada, mirando implorante al joven caballero de brillante pelo rojo y una expresión un poco alarmante en la cara.

—¿Lord Trevegne? —preguntó Charles intrigado. ¿Acaso también estaba enfermo? ¿Y quién era esta mujer?, se preguntó desconcertado. Por primera vez percibió la belleza de ella... ahora que estaba a salvo del ataque lo que sé, él está...

—Muy bien —dijo una voz grave detrás y, al volverse, Elysia vio a su marido de pie ante ellos, lanzándole una mirada interrogante, llena de sorpresa.

—Ignoraba que te importara, milady —murmuró sólo para los oídos de ella, pero sus ojos dorados parecieron tiernos al mirarlos preocupados ojos de ella—. Charles, ¿qué te trae aquí? —preguntó lord Trevegne, que no estaba muy ansioso por recibir huéspedes en la casa.

—Se trata... —empezó el otro, pero fue interrumpido por la llegada del otro coche que entraba en el patio y se detenía cerca de donde ellos estaban.

—¡Qué diablos! —dijo Alex, reconociendo su propio coche—. Espero una respuesta, Charles, si gustas —añadió con tono agresivo, sólo para quedarse mirando fijamente, con angustia, cuando se abrió la puerta del otro coche y apareció una cabeza de pelo negro rizado, con una cara consumida y lívida por la fiebre y brillantes ojos azules—. ¡Peter! —gritó Alex sorprendido, y sus ojos apreciaron de inmediato la malsana palidez de su hermano y la manga vacía. Sostuvo a la figura que se bamboleaba antes de que cayera y, gritando a Lackton para que lo ayudara, logró trasladar el cuerpo vacilante de Peter hasta el gran salón.

Elysia siguió a los tres hombres... ¡Así que aquel era Peter, el hermano de Alex! No parecía estar muy bien. Se precipitó tras ellos en el salón y permaneció en silencio mientras dos lacayos y lord Trevegne llevaban a Peter Trevegne por la larga escalera, dejando a un aturdido Charles Lackton de pie, sin hacer nada.

—¿Puedo hacer algo? —preguntó Elysia, al ver a Dany corriendo con una bandeja llena de vendas y frascos oscuros que parecían medicina.

—Ah, no, yo he cuidado a estos dos cuando han estado en líos peores, y son más duros que el cuero —dijo la mujercilla confiada, aunque había una expresión preocupada en el fondo de sus ojos pardos—. Es mejor que se ocupe usted del joven caballero aquí presente, lady Elysia, porque parece a punto de desmayarse —añadió, lanzando una mirada a la cara gris de Charles, con gotas de sudor en el labio superior, antes de subir las escaleras en dirección al cuarto de Peter llevando los medicamentos.

—Por favor, pase usted a la sala a tomar una taza de té... ounacopa—añadió Elysia discretamente, sonriendo al trastornado joven— porque estoy segura de que necesita usted algo fuerte.

El la siguió como un perro perdido hacia el salón, donde se sentaron en un incómodo silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Charles tomó un trago del coñac que Elysia había pedido para él, mientras ella permanecía tranquila, bebiendo su taza de fragante té.

—¿Está gravemente herido? —preguntó finalmente Elysia, cuando el joven pareció haber recobrado la compostura... perdida en buena parte cuando luchaba en el coche para contener a la yunta de salvajes bayos. Y a juzgar por lo que Elysia había visto desde la ventana, había estado casi todo el tiempo sin poder lograrlo... no era de extrañar que estuviera impresionado.

—Bastante mal... un agujero así de grande, creo —con­testó él, mostrando con los dedos un pequeño círculo.

—¿Un agujero? —Elysia pareció confundida, sin entender a aquel joven de aspecto altanero, con un brillante chaleco amarillo canario con rayas turquesa y una casaca color ciruela. Observó como hipnotizada las complicadas borlas que pendían de las botas altas, que se balanceaban cuando él movía distraído las piernas,

—En el hombro... casi le dio en el corazón... es una suerte que esté vivo. El médico tuvo que escarbar para extraer la bala... y el tiempo que tardó en hacerlo pareció infernalmente largo —se interrumpió bruscamente y miró turbado, pidiendo disculpas— le ruego que me perdone por usar palabras fuertes —siguió mirándola intrigado, y después estalló—: Disculpe, pero ¿quién es usted?

Elysia sonrió divertida.

—Soy lady Trevegne, y mucho me temo no saber tampoco nada de usted, de manera que no tiene por qué disculparse.

El se puso de pie rápidamente, como un escolar desconcertado.

—Perdón, lady Trevegne —dijo, como si no pudiera creer a sus ojos—. Soy Charles Lackton, amigo de la familia, y es un honor conocerla —se inclinó con elegancia sobre la mano de ella, y un rizo de brillante pelo colorado cayó sobre su frente.

—Lo había olvidado... fue una verdadera sorpresa enterarme del casamiento de su Señoría... que dejó atónito a todo Londres. Nadie podía creerlo.

—Sí, ha sido una sorpresa para todos —concedió Elysia, sin decir que ella también estaba incluida—. ¿Cómo se hirió Peter? ¿Ha sido algún accidente de caza?

—No ha sido un accidente... ha sido un duelo.

—¡Un duelo! —repitió Elysia, horrorizada.

—Sí, Peter se ha honrado a sí mismo y a lord Trevegne. Es un honor ser su amigo —dijo Charles con orgullo.

—¿Pero por qué? ¿Qué ha provocado... ese duelo? —preguntó Elysia curiosa.

—Bueno, verá usted... ah —Charles se movió, incómodo—. En realidad no es algo que se pueda decir a una dama. Pero era un asunto de honor y había que satisfacerlo. Yo he sido padrino de Peter.

—¿Y qué le ha pasado al hombre que lo provocó?

—Está muerto.

—¿Peter lo mató? —preguntó Elysia, incrédula.

—Tuvo que hacerlo... Beckingham hizo trampa... an­tes del fin de la cuenta—dijo Charles, con evidente disparo.

—¿Beckingham? ¿Ha dicho usted Beckingham? — preguntó Elysia débilmente—. ¿No se referirá usted a sir Jason Beckingham...

—Sí, el mismo... un verdadero advenedizo y un cobarde. ¡Bien hecho en verdad! —dijo Charles con vehemencia, con una mirada de desagrado en su cara hermosa y expresiva.

Elysia depositó con cuidado la taza de té en la bandeja, con mano que temblaba incontrolada. ¡De manera que sir Jason estaba muerto! Ella lo había odiado... pero no deseaba que muriera. En realidad había estado preocupada porque él sabía las circunstancias de su matrimonio, y sabía que una persona inescrupulosa como sir Jason era capaz de usar la información para causarles más dificultades. De todos modos, estaba segura de que Alex hubiera podido controlarlo con eficiencia... ¿o no era así? Después de todo. Charles Lackton había dicho que sir Jason había hecho trampa y disparado primero. Alex hubiera podido resultar muerto fácilmente... o quedar herido, como su hermano. Bueno, quizá fuera mejor... que Dios la perdonara... que sir Jason ya no fuera un peligro para ellos.

—Si sir Jason disparó antes que terminaran de contar, como usted ha dicho, ¿cómo logró Peter disparar contra él? —preguntó Elysia a Charles, que seguía sentado en silencio, contemplando a Elysia con una expresión de asombro en su rostro de muchacho, y se ruborizó profundamente cuando Elysia captó su mirada.

—Bueno, sir Jason tenía una reputación poco favora­ble respecto a varios duelos que había ganado en circuns­tancias extrañas. Esperábamos algo bajo cuerda, y le dije a Peter que me observara porque, si yo percibía algo raro, le haría una señal. Así, cuando Beckingham se volvió antes de que hubieran terminado la cuenta, ¡apenas pude creerlo... aunque lo esperaba! —Charles miró avergon­zado a Elysia—. Por eso... tardé un segundo en hacer la señal y Beckingham disparó, pero Peter ya había visto la señal y recibió el balazo en el hombro... y no en el corazón, como deseaba Beckingham. Peter disparó de todos modos, y su tiro mató instantáneamente a Beckingham. Pero, ¿sabe usted? fue raro. Sonreía incluso en la muerte —dijo Charles, estremeciéndose como si alguien hubiera caminado sobre su tumba.

Peter controló el estremecimiento de dolor que lo atravesaba cuando Alex y el lacayo lo colocaron con cuidado en la cama.

—¿Cómo te sientes, Peter? —preguntó Alex preocupado, mirando la camisa de su hermano, que empezaba a mostrar una mancha húmeda de sangre donde la herida había vuelto a abrirse.

Peter hizo una penosa tentativa de sonreír, una sonrisa que fue más bien una mueca.

—Todavía no estoy muerto... se necesita más que la mano de un cobarde y estos lacayos de manos como jamones para terminar conmigo.

Se interrumpió con un gemido involuntario, cuando Dany cortó la camisa y las vendas, dejando al descubierto la herida del hombro: cruda y de feo aspecto, aunque limpia.

—Vamos, Dany, ¿qué está revolviendo? —preguntó, cuando Dany tanteaba la herida—. El médico ya se ha ocupado de ella. Lo sé... porque me hizo bastante daño —se quejó.

—¡Ah, este muchacho, sin mi poción no ha sido bien atendido! ¡Los médicos de Londres no tienen una pizca de sentido! Deje que Dany se ocupe de esto, y ya veremos quien sabe lo que le conviene —dijo enfadada, aplicando un remedio maloliente y volviendo a vendar el hombro con limpias tiras de tela.

—Deberías saber que es inútil discutir con Dany, Pe­ter —dijo Alex riendo, y después frunció la nariz al percibir el olor de la poción casera—. Recuérdame que no me acerque demasiado la próxima vez que te visite —dijo con un falso estremecimiento de asco.

—Bueno, ¿qué crees que siento cuando me ponen este remedio? J—preguntó Peter indignado, lanzando una mirada desesperada a su hermano.

—Ahora échese y le traeré un buen plato de sopa —pro­metió Dany, ignorando que él había pedido un coñac, mientras se afanaba en ahuecar las almohadas detrás de sus hombros y estiraba las ropas de la cama con recomendaciones maternales de que se quedara quieto, mientras ella preparaba un brebaje caliente que iba a curarlo.

Cuando Dany se fue, Alex se sentó en una silla que acercó a la cama y lanzó una mirada dura a su hermano.

—Te duele infernalmente, ¿no? —dijo compren­sivamente, pero había un fondo de ira en su voz, a pesar de la preocupación y sorpresa que había sufrido al ver a su hermano en tal estado—. Si no tienes ganas de hablar, me iré, pero me interesa saber qué diablos te ha pasado. ¿A qué se debe esa herida, de bala, si no me equivoco?

—No te vayas, Alex, necesito hablar —y después balbuceó con tono angustiado—. ¡He matado a un hombre!

—¿De verdad? —dijo Alex, en tono informal. Ocul­tando su sorpresa, prosiguió, sin que se alterara el tono de su voz—. Estoy seguro que tuviste razón.

—¡Oh, sí, no soy un asesino! Fue un asunto de honor, Alex, pero... —una expresión torturada inundó sus ojos, que clavó fijamente en su hermano—. La cosa no me gusta. Siem­pre había soñado con defender nuestro honor y nuestro nom­bre en un duelo... pero ahora que he quitado la vida a otro hombre... simplemente la cosa me asquea —dejó caer la cabeza, agobiado, y un rubor de turbación y fiebre apareció en su cara.

Alex se adelantó, tomó el mentón de Peter con los de­dos, y le levantó la cara para poder mirar directamente a su hermano a los ojos.

—Escucha, Peter: ningún caballero siente alegría por quitar la vida a otro hombre... sin tomar en cuenta el insulto o el crimen. En realidad es necesario estar enfermo para refocilarse matando a otro ser humano. No tuviste otra alternativa. Si no hubieras sido tú... hubiera sido el otro. Alguien tiene que perder, y en una circunstancia como esta... cuando no queda otra salida... se pelea para ganar y para vivir, Peter —dijo gravemente Alex a su hermano—. Pelea siempre para ganar.

—Supongo que tienes razón, Alex, pero nunca pensé sentir remordimiento... que mis sentimientos fueran los de una mujer... que desea llorar... —reconoció, sintiéndose más tonto que nunca—. Tú siempre has parecido tan fuerte y victorioso después de tus duelos... nunca has sentido remordimiento ni lamentado nada. Por eso creí que mis sentimientos estaban equivocados... que eran los de un cobarde.

—No, Peter, tienes el corazón de un hombre honrado y compasivo... y esos son los sentimientos verdaderos —miró con curiosidad a su hermano—. ¿Realmente crees que no he sentido remordimiento cuando he derribado a otro hombre? Lo tengo, Peter, puedes creerme, lo lamento profundamente. Estoy tan acostumbrado a ocultar mis pensamientos y sentimientos que presento un rostro inmutable ante el mundo. Pero duele por dentro... me desgarra. Pero, a veces, uno se siente atrapado por las convenciones de la sociedad, y no hay otro medio de tratar una situación. Siempre habrá otros que inevitablemente te forzarán la mano, y en esos momentos es necesario defender el nombre y el honor en un duelo. Lamentable, sí... pero mucho me temo que necesario. Te aconsejo que no dejes que tu vida sea dirigida por este sentido de las cosas. Sé dueño de tu destino, no la víctima.

—Bueno, qué alivio. Creía tener un hígado flojo, un corazón débil —dijo Peter, sintiendo que le habían quitado un peso de encima—. Pero quiero hablar contigo. ¡Me has convertido en el hazmerreír de Londres, Alex! ¡He sido el ultimo en saber que te habías casado! ¡Lo supieron todos los deshollinadores y las hijas de los lacayos antes que yo! —dijo Peter, con tono apenado—. Tuve que enterarme por la Gazette. Primero se extendieron como la peste unos rumores acerca de tí y de una doncella de alcurnia en una posada, cosa que realmente puso a trabajar las lenguas, ¡y después llegó la noticia de que te habías casado! Bueno, me golpeó de frente, te lo aseguro —miró dudoso a Alex—. ¿Te has casado?

—Sí, absolutamente —contestó Alex, y una expresión de grato recuerdo cubrió sus facciones de halcón.

—Aún no lo creo. ¡Tú entre todos! Y ni siquiera me previniste, Alex. Como no fuera por esa charla acerca de dejar Londres porque estabas harto... pensé que no era ver­dad, nunca creí una palabra... y tampoco creí que me dejaras en la oscuridad. Ya estabas planeando casarte con la muchacha, ¿verdad? ¿La conozco?

—No la conoces, pero pronto tendrás ese gusto —pro­metió Alex.

—He oído decir que es una belleza. Pero no me sorprende, conociendo tus gustos.

—Sí, Elysia es muy hermosa, de manera poco corriente. Y no del tipo que está ahora de moda en Lon­dres, de dulces y angelicales rubias de ojos azules. Estoy casado con una verdadera diablesa, con ojos verde esmeralda, un salvaje pelo rubio rojizo... y un carácter y lengua que hacen juego— pensó, con obvio deleite en la combinación.

—Apuesto que no te será difícil manejarla —dijo Pe­ter confiado, enterado de las maneras dominantes y un poco dictatoriales de su hermano, que siempre sabía salirse con la suya. Pero había una mirada intrigada en sus ojos azules cuando lo miró.

—A veces lo dudo —dijo Alex meditativo, meneando su cabeza oscura.

—De todos modos, sigo ignorando todo respecto a esto. No sé cómo os habéis conocido, o si pensabas casarte cuando saliste de Londres... entonces todos estos rumores no pueden ser verdad... pese a lo que dijo el Comodín —comentó con firmeza Peter. Todavía quedaba alguna duda en su mente acerca de lo que había pasado exactamente, pero no quena hablar de ello con Alex, dado lo delicado del tema. De todos modos no pudo contenerse y dijo—: Pero el color es el mismo de esa otra muchacha, que Beckingham...

—¿Beckingham? ¿Qué es lo que te dijo ese cerdo? —preguntó Alex con voz helada, frunciendo los labios en un gesto de desagrado simplemente por tener que pronunciar el nombre.

—Bueno, no pensaba decírtelo porque no sabía si era verdad o mentira... de todos modos, maldita la gracia que me hace preguntarte. No vi otra solución que provocarlo a duelo. Si lo que me dijo es verdad, entonces merece haber muerto por su treta infame, y si es un mero rumor, por hacer acusaciones calumniosas contra ti.

—¡Tuviste un duelo con Beckingham! —por una vez Alex perdió su fría compostura.

—Sí, ¿con quién si no? No tenía motivo para meterle un balazo a otro, ¿verdad? —preguntó Peter dudoso.

—¡De modo que tú... has matado a Beckingham!

—Es lo que estoy intentando decirte. Me dijo algunas cosas que me enfurecieron bastante... en privado... y me pareció que tenía que vérmelas con él. Sabes, creo que de hecho quería que lo provocara... y no podía dejar de hacerlo después de lo que me dijo. Quería matarme por algún motivo

—dijo Peter intrigado—. Nunca le tuve mala voluntad, de modo que no entiendo por qué él me la tenía.

—Me odia a mí, Peter, y probablemente esperaba matarte. Sabiendo hasta qué punto estamos unidos, comprendió que esto iba a herirme profundamente. Desgraciadamente para él, fracasó —explicó Alex, sintiendo por primera vez el odio que sir Jason debía de haber acumulado contra él.

—Bueno, casi no fracasó... hizo trampa y disparó primero. La suerte y la sospecha de que podía estar tramando algo impidieron que me metiera una bala en el corazón. Le debo la vida a Charles. Si él no me hubiera prevenido, estaría ahora en la tumba... —dijo Peter, sombríamente.

Alex miró con cariño a su hermano, comprendiendo hasta qué punto había estado cerca de perderlo.

—Bueno, has cobrado mi cuenta con Beckingham, Peter. Te lo agradezco, aunque lamento que haya sido a costa de tu hombro,

—Me alegro de haberte podido ser útil, Alex —res­pondió Peter con orgullo, y algo del dolor de su hombro se alivió con el elogio de su hermano—. ¿Cuándo conoceré a la nueva lady Trevegne?

—Muy pronto. Debes descansar ahora o Dany me arrancará el pellejo —dijo Alex al oír detrás de sí el rumor de las faldas de ella, Dany acababa de entrar con una bandeja en la que había un plato de caldo humeante.

—¡Pero tengo mil preguntas que hacerte, Alex! Por favor, no te vayas —suplicó Peter a Alex, que se dirigía hacia la puerta.

—Quédese tranquilo, señorito Peter, y vayase usted de aquí, lord Alex. Ya se ha quedado bastante... fuera ahora —ordenó ella, con voz estricta que le recordó a la es­cuela.

—No puedo discutir contra esa voz disciplinaria, Pe­ter —dijo Alex, retirándose y dejando a Peter que luchara inútilmente contra los remedios de Dany.

Alex descendió con lentitud las escaleras, pensando en la cara pálida de Peter. Apretó los puños al pensar en la doble traición de Beckingham. Casi deseó que se levantara de la tumba para tener el placer de matarlo y hacerlo volver a ella.

Meneó la cabeza incrédulo. Ignoraba que Beckingham lo había detestado con tanta violencia. Aquel hombre debía de estar loco. Se encogió de hombros, liberándose mentalmente de la idea de Beckingham.

Alex entró en el salón, donde había oído voces. Permaneció sin que lo vieran junto a la puerta, observando en silencio a su mujer, que escuchaba ávidamente cómo el joven Lackton contaba otra vez, excitado, su versión de la aventura. Sonrió de lado al ver la expresión incrédula y horrorizada de ella ante el vivo relato de Charles. Levantó una ceja divertido cuando finalmente vio una expresión de éxtasis en la cara del joven, mientras seguía observando con admiración a Elysia, que estaba atractivamente sentada frente a él. Daba la impresión de ser absolutamente intocable... seguramente estaba sumida en sus pensamientos como un gusano de seda en su crisálida, sin dejar que nadie entrara... por cerca que estuvieran físicamente de ella.

Entró en la habitación, sorprendiendo la conversación de ambos.

—Al parecer, Peter te debe la vida y, por lo tanto, tengo contigo una deuda de gratitud. Charles —dijo Alex sinceramente, estrechando con firmeza la mano del joven.

—No fue nada en realidad —contestó Charles entre dientes, sintiéndose un poco más alto tras el desacostumbrado afecto que le mostraba lord Trevegne—. Sólo hice lo que es justo y debe hacerse por un amigo.

—Estamos orgullosos y es una suerte tenerte como amigo. Charles, y tengo la certeza de que hablo por todos nosotros. De verdad te agradecemos lo que hiciste. ¿Ver­dad, Elysia? —lanzó una inocente mirada de interrogación a Elysia, que le devolvió con calma, sin un atisbo de emoción en la cara.

—Así es, Alex. Pero hablemos de Peter. ¿Cómo está? Alex se sirvió un coñac y se acercó a la chimenea, donde se apoyó con negligencia, con el brazo sobre la repisa.

—Sobrevivirá —dijo torvamente—, pero necesitará mucho descanso, y este es el mejor lugar para que se recobre. Si ese endemoniado viaje desde Londres no lo ha liquidado, dudo que nada pueda hacerlo —movió negativamente la cabeza, como pensando en el penoso viaje en coche que había hecho Peter, y el angusüado viaje de Lackton, llevando las riendas del calesín.

Elysia se puso de pie para dejar la habitación. Disculpándose, dijo:

—Mandaré excusas para esta noche con los Blackmore y...

—No, no, es mejor que vayamos, ya que nada podemos hacer aquí por Peter. Dany se ocupará de todas sus necesidades. Prácticamente me echó de la habitación y él ya debe de estar durmiendo como un bebé. Dany le ha preparado un caldo especialmente reconstituyente, que le estaba dando a la boca cuando salí, de manera que dudo que lo oigamos suspirar siquiera —miró a Charles, que empezaba a mostrar la fatiga del viaje—. Charles, te quedarás un tiempo con nosotros —dijo Alex, y aquello fue una afirmación más que una invitación.

—Gracias, Señoría, sería un placer, pero si me disculpa, tendré que cambiarme, porque temo que mi aspecto sea ofensivo, ya que estoy lleno de barro —se disculpó. Dejó rápidamente el cuarto, ansioso de lavarse, descansar y especialmente intentar imitar las intrincadas vueltas del nuevo arreglo de la corbata de lord Trevegne.

Elysia vaciló, indecisa. Era la primera vez que estaba a solas con él desde la noche anterior. Decidió retirarse dignamente, y empezó a dirigirse hacia la puerta.

—Milady —dijo él rápidamente, dejando su posición junto al hogar.

Elysia se volvió cuando él se acercaba.

—Sí, milord —contestó con suavidad, no muy segura de sí misma.

—Deseo un buen beso mañanero —dijo Alex, tomando a Elysia entre sus brazos y apoyando su firme boca en los temblorosos labios de ella. La besó profundamente y los deseos se encendieron al instante cuando ella respondió a sus caricias—. ¿Ves? No había motivo para temerme. No soy el ogro que creías, milady —sonrió mirando los ojos verdes de ella.

—No, milord, pienso que tal vez no lo eres —asintió Elysia, entregándose a los ávidos besos, hasta que un golpe en la puerta y un lacayo anunciaron que el almuerzo estaba servido, y tuvieron que separarse.

—No estoy ávido de la tierna carne del faisán, milady —dijo Alex con suavidad, mientras escoltaba a Elysia hacia la puerta, y su insinuación resultó clara en sus ojos de oro, oscurecidos por la pasión.

10

En Xanadú allí Kubla Khan imponente cúpula de placer irguió: donde Alph el sagrado río corría en cavernas para el hombre inmensurables hacia un mar sin sol.

Coleridge

El coche en el que viajaban Elysia, lord Trevegne y Charles Lackton retoma el camino bordeado de árboles en dirección a la morada del caballero Blackmore. Blackmore Hall se elevaba en toda su gloria y ostentación al final de un sendero de grava. Una combinación de todos los estilos arquitectónicos a la moda estaban representados en su construcción. Torreones góticos se levantaban sobre cúpulas de estilo chino, copiadas del Pabellón del Príncipe de Gales en Brighton y luchaban con fachadas indias y columnas griegas. El salón estaba iluminado por miles de antorchas colocadas frente a la entrada, que daban una luz como de sol al mediodía.

Elysia contuvo el aliento sin poder creer lo que veía.

—Sí, es más bien imponente —comentó Alex secamente—. En realidad es bastante inquietante... peor aún de día. La estructura original era una pequeña casa solariega que el caballero compró hace unos años y donde hizo construcciones. Como verás, prestó escasa atención al precio... y aparentemente al gusto. Pero espera, aún no has visto lo mejor, milady.

Charles Lackton estiraba la cabeza por la ventanilla. Se volvió y les miró con la boca abierta.

—No puedo creerlo. Es fantástico. He visto el pabellón del príncipe en Brighton, pero esto... ¡es como estar en la China! —exclamó excitado.

Alex miró a Elysia desesperado.

—Ahórranos la impulsividad juvenil, y reguemos que ninguna de estas... —hizo una pausa en busca de la palabra apropiada para describir Blackmore Hall— ...atrocidades vuelvan a ser perpetradas en la sacrosanta tierra inglesa.

Elysia rió, enteramente de acuerdo.

—Desde luego, milord, debería ser ilegal y merecer un castigo. ¿Lo mencionarás en la Casa de los Lores la próxima vez que asistas? —preguntó con inocencia, una chispa de travesura en sus ojos.

—Decididamente, milady, ¿cómo puedo yo, par del reino, dejar que una cosa semejante exista a las puertas mismas de mi casa? —se burló, mientras Charles los miraba un poco confundido ante aquel intercambio de impresiones.

Cuando el carruaje se detuvo, los lacayos del hidalgo se precipitaron sobre ellos como un enjambre de abejas, y los escoltaron hasta el ruidoso salón.

Dominando el centro había una burbujeante fuente, elaboradamente decorada, con delfines que echaban agua, sirenas graciosamente reclinadas en el estanque, asientos de piedra imitando conchillas gigantes y hojas de nenúfar. Toda la fuente parecía recubierta de oro, y Elysia contempló la divertida expresión de Alex mientras él estudiaba las reacciones de ella.

—Un verdadero tour de forcé, milord —dijo ella.

—Así es, milady. ¿Quieres que haga construir una para ti? —preguntó el marqués inocentemente, con un brillo maligno en los ojos.

—¿Cómo lo has adivinado, milord? La veo muy bien en tu estudio —replicó Elysia, con gesto serio.

—Me has herido profundamente, milady —murmuró él, cuando saludaban a su anfitrión.

El caballero Blackmore les dio la bienvenida con una radiante sonrisa, y les agradeció efusivamente que hubieran acudido a la fiesta. Era un anfitrión jovial, atento a todas las necesidades de sus invitados, y se sentía personalmente responsable de cada uno y de todos. Sus calzones amarillos, su casaca de raso rojo y chaleco verde brillante podían ser vistos en todas partes entre la multitud... sobrepasando incluso los elaborados atuendos de los elegantes invitados londinenses del caballero.

No podía saberse lo que pensaba la señora Blackmore, borrosa mujercita del hidalgo, porque decía poco y se la veía menos. Era pequeña y fea, vestida de malva, con un pequeño broche de perlas como único adorno. Formaba un notable contraste con el pavo real de su marido, que trotaba con sus mejores galas, diamantes y rubíes brillando entre sus dedos regordetes.

Elysia percibió la imagen de sí misma y Alex en uno de los muchos espejos que bajaban el techo hasta el suelo. Formaban una pareja atractiva, no pudo menos que pensar, mientras sus ojos recorrían con orgullo la casaca rojo oscura de Alex, sus calzones de raso blanco y su chaleco de brocado de plata. Un gran rubí color sangre lucía oscuramente entre los pliegues de su corbata, blanca como la nieve.

Los ojos verdes de Elysia la miraron desde el espejo y parecieron rivalizar con el vestido verde mar que flotaba a su alrededor a cada paso. Los hilos de oro entretejidos parecían polvo de estrellas casualmente arrojados por la mano de un hada juguetona. Cintas de oro se ataban bajo sus pechos y pasaban hacia atrás para desaparecer entre la cola de gasa que caía desde sus hombros y se tendía por su espalda. Su mano se dirigió a las brillantes piedras verdes que rodeaban su garganta.

Las esmeraldas de los Trevegne... magníficas joyas que pendían como un anillo de fuego verde alrededor de su cuello, adornaban sus brazos como retorcidas serpientes, parpadeaban como ojos de gato en sus orejas y se desparra­maban en su pelo.

Alex había traído las alhajas, en un estuche incrustado en oro, al cuarto de ella cuando se estaba vistiendo... y había colocado con cuidado el estuche en sus manos. Su expresión de sorpresa y placer cuando abrió el cierre de la tapa y quedó muda al contemplar las brillantes gemas en su lecho de terciopelo blanco había agradado a Alex. Especialmente cuando ella admiró los engarces y rechazó la idea que él sugirió de cambiarlas a un engarce de diseño más moderno, prefiriendo el diseño antiguo, que había estado en la familia durante varias generaciones.

El marqués le había lanzado una extraña mirada... sonriendo para sí como ante una broma que él solo conocía. Ella ignoraba la leyenda de los Trevegne, conocida por generaciones y generaciones de los hombres de la familia Trevegne, que predecía una unión dichosa y fértil para el lord y su esposa, siempre que nada se cambiara en las esmeraldas... siempre que mantuvieran la apariencia origi­nal, que aparecía en el retrato de la primera lady Trevegne.

Elysia vio ahora la casaca azul brillante de Charles Lackton reflejada en el espejo. Lanzó una mirada por el salón repleto, lleno de gente que charlaba, en busca de Louisa Blackmore. Pero Elysia no pudo verla entre la multitud de gente que rodeaba al marqués para felicitarlo y echar una mirada a la mujer que finalmente había atrapado al escurridizo lord Trevegne.

Soportó las inquisitivas miradas, sigilosas y conocedoras, marcadas por una pizca de envidia y malicia por parte de las mujeres, admiradoras y amistosas por parte de los hombres. Flirteaban decididamente con ella cuando Alex no los oía. Sus miradas se fijaban en su pelo brillante, en sus hombros como de magnolia y en la curva de los senos revelada por el escote del vestido. Elysia se había sentido semidesnuda por el bajo corte del corpino y la frágil semi-transparencia del material, hasta ver algunos de los vestidos que llevaban las otras señoras: La transparencia de los vestidos revelaba todas las curvas, líneas y movimientos de sus perfumados cuerpos.

Elysia miró alrededor del salón en busca de Alex. Finalmente lo vio en el otro extremo, conversando con varios caballeros y una hermosa mujer con un reluciente vestido dorado. Los diamantes pendían de su cuello y sus brazos, y una tiara de diamantes se erguía sobre su pelo oscuro. Era increíblemente atractiva, y Elysia se preguntó quién sería mientras veía a su marido reír ante algunas frases de ella, inclinando la cabeza para oír algo que ella murmuraba en su oído, mientras los dedos acariciaban íntimamente la manga de su casaca.

Elysia se volvió bruscamente y aceptó un vaso de champán helado que le ofrecía un lacayo, sintiendo que inquietantes emociones se agitaban en ella al ver a Alex con otra mujer. Tomó un sorbo de la burbujeante bebida y sonrió a los jóvenes galanes que trataban de conversar con ella, oyéndolos a medias, en tanto sus ojos se volvían constantemente hacia las dos personas que conversaban en el rincón.

Toda la habitación parecía dorada: en verdad era una mansión en la que el oro brillaba contra el oro, iluminada por las enormes arañas de cristal que casi cegaban con su brillo. Blackmore Hall no tenía nada de la antigua dulzura y encanto de Westerly, con sus viejos muros, su madera antigua y cálida, con los recuerdos de pasadas generaciones estampados allí, donde el pasado formaba parte del presente.

Elysia miró a su alrededor, hacia el papel de la pared, brillantemente impreso. Todo espacio disponible estaba ocupado por mesas con jarrones, bustos y valiosos objetos artísticos, sofás, armarios y sillas de los diseños más increíbles. Todo hablaba de novedad, y los vivos colores chocaban entre sí. Blackmore Hall era chillón con su brillo y extravagancia... como una mantenida exageradamente ataviada, que se cuelga todos los adornos para ocultar su mediocridad.

Elysia sintió una mano en el brazo, se volvió y vio a Louisa Blackmore de pie a su lado. Llevaba un recatado vestido de muselina blanca, con una sencilla hilera de perlas alrededor del cuello. Parecía frágil y angelical... como una paloma fuera de lugar en aquel zoológico de criaturas exóticas y coloridas.

—Me alegro tanto de que hayas venido —dijo Louisa, sin aliento, tomando a Elysia del brazo y apartándola del grupo de gente que la rodeaba.

—Y yo me alegro de verte. Eres la primera cara conocida que encuentro —replicó Elysia—. Pronto cometeré algún error, porque he sido presentada a tantos lores Tal y Cual, y a tantos sir Fulano y Mengano, que la cabeza me da vueltas llena de nombres y caras que no concuerdan.

—Yo nunca sé con quién estoy hablando, pero rara vez saben quién soy yo —dijo Louisa, encogiéndose de hombros, sin resentimiento.

—Ah, lady Trevegne —interrumpió el hidalgo Blackmore—. Ciertamente está usted exquisita; y debo felicitarte, Louisa —prosiguió dirigiendo una mirada severa a su hija— pero no debes monopolizar a nuestra invitada de honor. Ya te lo he repetido varias veces. Ella no se interesa por ti... vete a cumplir con tus deberes.

—Sí, papá —contestó Louisa disculpándose, y alejándose antes de que Elysia pudiera impedirlo.

—Su hija me ha entretenido muy amablemente, ca­ballero Blackmore —dijo Elysia defendiendo a su amiga, resentida ante la actitud provocativa del hidalgo.

—Sí, sí, pero a veces es una criatura fatigante —explicó, con los ojos clavados en las esmeraldas de Elysia—. Estas son las esmeraldas de los Trevegne, ¿verdad? —dijo, mirando con envidia las joyas.

—Querido, ¿no va usted a presentarme a la nueva lady Trevegne? —preguntó tras ellos una lánguida voz femenina.

Elysia se volvió y miró de frente a la figura de pelo oscuro, vestida de color dorado, que había visto divertir a Alex hacía un rato.

—Naturalmente, no sabía que no había sido usted presentada a lady Trevegne. Lady Trevegne, permita que le presente a lady Mariana Woodley, el orgulloso de Londres —dijo amablemente, con tono dulzón.

—¿Sólo de Londres? —preguntó lady Mariana bromeando, pero su sonrisa fue un poco forzada al ver la belleza de Elysia... y las esmeraldas que creía debían haberle pertenecido por derecho.

Elysia sonrió a la hermosa lady Woodley y recibió a su vez una leve sonrisa. Después sintió que su propia son­risa se helaba en sus labios, al leer el evidente odio y envidia en los llameantes ojos pardos... con el obvio mensaje agresivo. Elysia miró alrededor, desesperada por encontrar a Alex. Sintió que le corría un frío por la columna vertebral cuando lady Woodley movió agitada el abanico.

—Todos quedamos muy sorprendidos al enteramos que Alex había conseguido una esposa —dijo lady Mariana, di­ciendo la frase como si aquello fuera algo desagradable—. ¡Alex es... o era un calavera tan grande! Me pregunto si cambiará sus costumbres, ¿o acaso lo ha encadenado usted con éxito a su cama? —preguntó audazmente.

Elysia levantó el mentón al sentir una lenta ira que empezaba a arder en ella ante la crudeza de la otra mujer.

Alex es todo un hombre. Debe de haber algunas ca­mas frías en Londres ahora que él está fuera de circulación

—añadió lady Woodley con una mirada de malicia en los ojos.

—¿Y la suya es una de esas camas vacías, lady Woodley? —preguntó Elysia con suavidad, no pudiendo ya contener su ardiente rabia.

Lady Woodley contuvo el aliento cuando Elysia se anotó aquel tanto, y levantó apenas el abanico como para atacar, cuando apareció Alex y se plantó como por casualidad entre ellas.

—Veo que os estáis conociendo —dijo con suavidad, percibiendo las mejillas encendidas de Elysia y el brillo en sus ojos verdes, y la expresión torva en la cara de Mariana—. Quiero presentarte a alguien, querida —dijo, apartando con dulzura a Elysia—. Con su permiso, lady Woodley.

—¿Uno de tus amores, milord? —preguntó Elysia, esforzándose para que su voz sonara natural.

—Posiblemente. ¿No estás celosa, verdad, milady?

—En modo alguno, milord. Aunque me han dicho que muchas pueden estarlo.

Lord Trevegne rió ruidosamente, atrayendo la atención de varias personas, que miraron con sorpresa al ver reír al altanero marqués.

—Creo recordar los versos de un poeta desconocido que expresaban exactamente mi sentimiento. Veamos... ¿cómo dice? —se interrumpió para pensar—. Ah, sí, empieza: "Debes sentarte, dice el Amor, y probar mi carne". ¿Estás de acuerdo? —la miró de manera provocativa—. Nunca rechazo una invitación a comer... especialmente si la comida está bien preparada.

—¿Estás seguro, milord, de que no has pensado eso alguna noche en uno de tus clubes, cuando el aburrimiento y la bebida han confundido tu ingenio?

—Ah, eres un genio para tomar a la ligera mis mayores méritos —dijo él con una mueca.

—Ignoraba que hubiera alguno, milord.

—No hay que temer oír de ti dulces palabras llenas de adulación, milady... pero recuerda que te pido que nunca me digas un elogio, porque me condenaré e iré directamente al infierno.

Con esta frase la dejó con el caballero, que la escoltó al comedor. Elysia se encontró sentada a la derecha de su anfitrión, y Alex frente a ella, a la izquierda. Las únicas dos personas con quienes Elysia creía poder disfrutar de la comida se perdían de vista en la larga mesa, entre los otros huéspedes. Charles y Louisa estaban en el otro extremo, con las personas menos importantes.

Elysia evitaba mirar hacia el otro lado de la mesa, donde estaba sentado Alex con lady Woodley a su lado... con una expresión de satisfacción en la hermosa cara. Como el gato que se traga un canario y se atraganta, pensó Elysia, mientras veía a lady Woodley flirtear alegremente con Alex. Los ojos de Elysia se estrecharon mientras contemplaba a la mujer de cabello oscuro, pensando. De manera que era... viuda. El caballero había sido una fuente de información... especialmente acerca de la preciosa viuda que era una de sus favoritas, y a quien consideraban sin par en Londres. Y era obvio, incluso para el observador casual, que la viuda estaba interesada en Alex... y que lo conocía muy bien.

—Por favor, permita usted que le hable. Esta carne asada, c'est magnifique, n'est pas? —el francés que estaba sentado junto a Elysia inició una conversación mitad en francés, mitad en inglés. Su acento era fuerte, y arrastraba las erres con la lengua, de manera rítmica—. Voila, lady Trevegne —dijo teatralmente, pasándole la sal.

Merci monsieur, maisje ne sais pas votre nom —se disculpó Elysia con perfecto acento francés, por no saber cómo se llamaba aquel hombre.

Una expresión de total deleite cruzó las morenas facciones del francés.

—A/i, madame, vous étes chamante —cacareó—. Je suis Jean Claude D'Aubergere, conde de Cantero. Me da mucho placer que me hable usted en mi idioma. Hace que uno no se sienta tan solo en esa fría tierra... me da calor, como si estuviera otra vez bajo el soleado cielo de Francia. Por este gesto, madame, je suis votre servant dévoué.Usted es, naturalmente, la hermosa lady Trevegne. Nos han pre­sentado, pero no creo que recuerde usted a un francés tan insignificante —dijo con tristeza.

—Oh, lo recuerdo a usted, conde, porque interrumpió muy oportunamente un aburrido monólogo sobre los puntos más finos del bordado a cargo de la esposa del vicario.

—Entonces ha sido un placer rescatarla de cette dame formidable —hizo una mueca muy simpática—. Es bondadoso de su parte, lady Trevegne, apiadarse de este triste francés, que anhela oír los dulces sonidos de su patria. Su voz encantadora me recuerda a algunas made-moiselles que reían y charlaban con alegría. Ay, eso ya no existe —dijo, encogiéndose de hombros de manera muy gálica—. C'est une tragedie, et maintenant je suis un mendigo.

—Es usted un emigré, conde. Debe de ser difícil para usted la vida en Inglaterra. Pero no debe usted considerarse un mendigo. ¿Fueron confiscadas sus propiedades?

Vraiment —suspiró—, esa es desgraciadamente la verdad. Y ahora Le Petit Caporalha arruinado todas mis esperanzas de volver a la patria.

—¡Napoleón! —una voz chillona se hizo eco del otro lado del conde.

Monsieur le comte, ¿cree usted que atacará Londres? Los invitados que estaban cerca interrumpieron la ligera charla para escuchar la respuesta del conde a la pregunta hecha por un caballero de aspecto nervioso, con un cuello alto y puntiagudo, muy almidonado alrededor de su mentón, que estorbaba sus fútiles esfuerzos para volver la cabeza.

—No, no creo eso. Je pense que c 'est un rumeur. Este general bourgeois no es bastante fuerte para conquistar a la vigorosa Inglaterra, ¿no?

Estalló un gran aplauso a lo largo de la mesa, con un brindis por Inglaterra y el rey, y por cualquier cosa que pasaba por la mente de los invitados.

—Dudo que Napoleón lo intente seriamente. Tenemos la marina más fuerte del mundo, y deben ustedes recordar que Napoleón está luchando en muchos frentes. La tínica amenaza seria es el Canal. No se atreverá a atacar desde el Mar del Norte con la llegada del invierno, si en verdad está en su sano juicio... cosa que a veces dudo —lord Trevegne habló tranquilamente, con voz aburrida, escogiendo un pequeño faisán de la fuente que le tendía un lacayo.

—Pero aquí, a lo largo de la costa, estamos muy poco protegidos. ¡Esos franceses podrían atravesar el Canal y asesinamos en la cama sin darnos tiempo a abrir los ojos! —añadió histérica la esposa del vicario, y varias voces canturrearon aprobando.

—Tonterías —dijo con vehemencia el hidalgo Blackmore—. La Marina no lo permitirá. ¡Son unos grandes tipos! —se ruborizó y miró grandilocuente alrededor.

—Perdón, señoras, pero me hace hervir la sangre verlas a ustedes asustadas.

—La Marina está demasiado ocupada buscando contrabandistas para pescar a cualquier marinero franchute que bogue por el Támesis. Probablemente creerían que son actores del Covent Garden en una representación —dijo alguien en el extremo de la mesa, con voz aburrida, mientras fuertes protestas seguían su comentario.

Elysia miró al conde, que apretaba los labios ante la referencia insultante a los franceses, y había levantado el mentón con arrogancia.

—No debe usted darse por ofendido, conde —dijo Elysia comprensiva, poniendo la mano en el brazo de él y sintiendo sus músculos rígidos—. En realidad creo que ocultan su miedo con risas.

El miró fijamente los grandes ojos verdes de ella, de expresión dulce, tan amistosos, y llevó la mano de Elysia a sus labios, con un oscuro fulgor en sus ojos latinos.

—Gracias. Vous etes un ange el je vous adore —respiró suavemente, con pasión contenida, y sus dedos apretaron los de ella.

Elysia retiró amablemente la mano, apartó la vista para no ver la mirada enamorada, y tropezó con los irritados ojos dorados de Alex, que la observaban intensamente, mientras sus negras cejas se juntaban fruncidas.

—Si no fuera por los contrabandistas no estañamos bebiendo este excelente coñac que tiene usted en sus bodegas —comentó el marqués, sarcástico, sin dirigirse a nadie en particular— ni el té que las damas beben elegantemente en el salón.

—Estoy seguro de que tiene usted escondidas algunas botellas de esos renegados —añadió con picardía un hombre de aspecto disipado.

—Difícil. Me insulta usted, lord Tanvil, porque sólo bebo lo que dejó mi padre, y mi abuelo antes que él. ¿Imagina usted que soy capaz de beber algo más reciente? Me insulta usted —declaró el marqués, fingiéndose ofendido.

—Trevegne probablemente tendría la osadía de invitar a Napoleón con una muestra del mejor coñac de Luis XVI. ¿No recibió acaso su familia una caja como regalo de Versailles?

—Bueno, que nadie se entere porque Su Alteza Real lo quema para sí —dijo lord Trevegne entre risas, y después añadió, como si acabara de ocurrírsele—: Y el día en que Napoleón se siente a comer en Carlton House, regalaré a todos los presentes una botella de ese excelente coñac —un coro de aceptación siguió al ofrecimiento, al que se añadieron otras apuestas ridiculas.

—Bueno, creo que toda esta charla sobre invasiones y contrabandistas es una tormenta en un vaso de agua —la voz del hidalgo llenó el silencio cuando terminaron las carcajadas—. No puede haber tantos sinvergüenzas contrabandistas como dice la gente... son cuentos de viajeros. A juzgar por la forma en que habla la gente, se diría que todo el mundo es contrabandista. Caramba, yo mismo podría serlo —rió, incrédulo ante lo absurdo de la idea.

—Con su sentido de la orientación es probable que usted terminara en Marsella y no en Dover —predijo alguien, y grandes carcajadas resonaron en la mesa.

Después de esto la conversación cambió tanto como los muchos platos que se sirvieron. De no ser por las atenciones del conde y de Alex, Elysia dudaba haber podido probar algo, mientras los invitados escogían de las fuentes de carne, venado y pescado, con salsas y jaleas, en cuanto se terminó la cremosa sopa y retiraron el servicio. Después vinieron platos de aves de caza y pollos, docenas de fuentes de verduras y ensaladas, y la comida terminó con esponjosos pasteles genoveses, rellenos de café y soufflés de choco­late. Todo esto fue acompañado con distintos vinos para cada plato. Los vasos de cristal desbordaban siempre, pese a la constante atención de los invitados en vaciarlos.

Sintiéndose ya harta, Elysia abandonó el comedor con las otras damas, dejando a los caballeros para que bebieran oporto y fumaran cigarros.

Elysia aceptó un vasito de Madeira y quedó en silencio escuchando la charla frivola de las mujeres que parloteaban y reían comentando jugosas historias acerca de sus amigas y, sin duda, el último chisme... acerca de ella. Se sentía aislada de las demás. No eran el tipo de personas que solían recibir sus padres. Parecía un grupo de gente ruidosa... no la élite social de Londres, pensó audazmente. Sabía que Alex había aceptado la invitación sólo para presentarla a aquellas damas y caballeros de Londres —convencido de que llegarían a Londres noticias acerca de ella, y esta vez noticias precisas— apagando los falsos rumores que podían haber circulado sobre ellos. Rara vez el marqués visitaba al caba­llero y a su grupo de aduladores.

Elysia miró alrededor buscando a Louisa y la descubrió junto a una mujer de apariencia de matrona, en el extremo del cuarto. Al sentir la mirada de Elysia, Louisa le envió una sonrisa, haciendo una mueca al volverse otra vez hacia la locuaz mujer, que usaba su impertinente voz como un estoque. Elysia se volvió para mirar una vitrina de porcelanas, fingiendo interés mientras escuchaba una conversación entre dos mujeres de Londres, provo­cativamente vesüdas.

—Puedes imaginarte... ¡una pelirroja! No es la moda —dijo la más joven, con rizado pelo rubio y facciones de muñeca, sonriendo satisfecha al ver el reflejo de su cara en un espejo.

—¡Ya lo sé, y qué sorpresa! —dijo la gorda amiga, añadiendo, en tono confidencial—. ¡Y todo el tiempo habíamos esperado la noticia del casamiento del marqués con lady Woodley! Caramba, John dice que ningún hombre puede resistírsele... ni siquiera lord Trevegne.

—Debe de estar que se sale de la vaina —rió alegre la rubia—. Bueno, después de todo ha hablado de esas esme­raldas y de lo bien que podían sentarle —lanzó una mirada a Elysia, aparentemente absorta en las figuras de porcelana, y murmuró de mala gana—. Debo decir que a esta le quedan bien, y hacen juego con sus colores.

—Lady Woodley debe estar tan verde de envidia como las esmeraldas —dijo la otra descaradamente, mientras reían lanzando una mirada a lady Woodley protegiéndose tras los agitados abanicos.

Elysia se apartó, tragándose una sonrisa que se convirtió en una expresión pensativa al lanzar una mirada a lady Woodley. ¡De manera que en Londres se había esperado el casamiento de Alex y lady Woodley! Ahora sabía por qué la preciosa viuda la había mirado con ojos como dagas... había esperado ser marquesa. ¿Por qué la había dejado Alex? Bueno, probablemente nunca iba a saberlo, pero tenía la incómoda sensación de que lady Woodley no era buena perdedora, que ni siquiera era capaz de admitir la derrota. La viuda de ojos oscuros era una enemiga.

—Lamento no haber podido hablar contigo, Elysia —dijo Louisa, acercándose en silencio hacia donde ella estaba.

—No es nada. Tienes que entretener a los invitados, y he estado admirando estas porcelanas. Son una buena colección.

—Sí; mamá las adora. En realidad no me molesta hablar con los invitados... pero no sé cómo disculparme cortésmente cuando quiero irme. Y, por favor —dijo Louisa, tomando la mano de Elysia y arrastrándola consigo— deja que te muestre otros objetos de mamá... podremos hablar sin que nos molesten en la biblioteca.

Salieron de la habitación sin ser vistas y Louisa llevó a Elysia a la biblioteca, donde había un gran chiffonier con jarrones orientales y fuentes atractivamente colocados. No era una gran biblioteca como la de Westeriy, de hecho ofrecía pocas cosas para leer. La mayor parte de la habitación exhibía objetos... y una de las colecciones era de cuchillos muy ornamentados y estoques. Elysia se estremeció y se dio la vuelta.

—¡Me alegro tanto de que tú y el marqués hayáis venido esta noche, aunque lamento el accidente de Peter Trevegne! De verdad deseo que se cure pronto.

—Sí, se curará. Dany, nuestra ama de llaves, es magnífica, tiene más habilidad que un médico. De otro modo dudo que Alex hubiera dejado esta noche a su hermano para venir aquí.

—Sí, bueno... —la voz de Louisa se interrumpió, indecisa, dudando si debía proseguir o no con lo que quería decir, y una expresión tímida y preocupada invadió su carita.

—¿Qué pasa? —preguntó Elysia, acudiendo en su ayuda, consciente de que algo perturbaba a Louisa.

—¿Cómo se sabe cuándo se está enamorada? —estalló Louisa, sin aliento, tomando a Elysia totalmente de sorpresa. No era desde luego la pregunta que había esperado de Louisa.

—Bueno... en realidad no lo sé —tuvo que reconocer Elysia.

—Pero debes saberlo. Quiero decir, te has casado con lord Trevegne. ¿Cuándo te diste cuenta de que estabas enamorada de él? —preguntó Louisa, y sus ojos adquirieron una expresión soñadora—. Debe de ser maravilloso saber que nuestro amor es correspondido. He observado la forma en que te mira el marqués... vamos, estaba loco de celos durante la comida, cuando el conde francés te tomó la mano y flirteó contigo. Constantemente te observa cuando cree que no lo miras.

—¿De verdad? —preguntó Elysia sorprendida, porque creía que él había estado muy ocupado con lady Woodley, quien parecía incapaz de probar un bocado sin consultarlo antes... y que constantemente apoyaba en la manga de Alex sus dedos enjoyados.

—¿Bueno? —persistió Louisa.

—Bueno, ¿qué? —repuso Elysia, con la mente en otra cosa.

—Bueno, ¿cuándo te diste cuenta de que amabas al marqués? ¿O cómo has sabido que era el amor verdadero?

Elysia miró pensativa el rostro de Louisa, vuelto hacia ella... esperando ansiosamente una respuesta. ¿Cómo decirle que no amaba a Alex, que ignoraba qué era el amor, que Alex no la amaba? ¿Podía acaso destruir los sueños románticos de Louisa? ¿Tenía derecho a mancharlos con su propia amargura? Era evidente que Louisa estaba muy enamorada... y por primera vez. Una vez ella había tenido el mismo ideal que Louisa, pero ahora sabía que era un ensueño ingenuo e inocente de colegiala.

—Para mí, se sabe cuándo se ama cuando una ya no puede pensar en nada más que la persona de quien está enamorada. Una se siente abandonada cuando él no está cerca, embriagada y nerviosa cuando lo está. Una desea agradar a ese hombre, hacerlo feliz. Tenemos celos de las personas que puedan estar con él. Pero lo más importante es que una pone la salud de él, su felicidad, su bienestar, por encima de los propios... no hay sacrificio que una no esté dispuesta a hacer por él. Una se preocupa por él, teme por él —prosiguió Elysia con rapidez, casi incoherente ante la revelación para sí misma de sus propios sentimientos hacia Alex, ocultos hasta ahora, y que emergían contra su voluntad—. Nada debe pasarle que lo aleje de ti... o de tu mundo... porque tu existencia misma terminaría.

Elysia quedó de pie, en silencio, respirando con dificultad mientras la verdad surgía de su mente confusa y turbada. Amaba a Alex, se repitió incrédula. ¿Cómo podía haber sucedido? Lo había despreciado... odiado. Hubiera escapado de él en caso de ser posible. Ahora de buena gana cerraría la puerta de su prisión y tiraría la llave. Cuando creyó que él estaba herido había actuado como una posesa, o como una mujer muy enamorada. La verdad se había revelado entonces... pero ella había sido demasiado ciega para verla. Creyó que se trataba de deseo... no de amor. Había creído que el amor no podía existir para ella.

Palideció al pensar en Alex... ¿de qué le servían estos sentimientos? Sólo podían torturarla, el suyo era un amor no correspondido. El la deseaba, sí, pero no la amaba... al menos en la forma que hubiera deseado que la amara. Cuando hacían el amor él jamás le había dicho que la quena. Había murmurado palabras cariñosas que la habían estremecido, pero jamás había mencionado el amor. Ella era una de sus muchas mujeres, la que lo fascinaba en el momento. Pronto se cansaría de ella, como se había cansado de lady Woodley y de tantas otras hermosas mujeres. ¿Podría soportar que él prestara atención a otra mujer... que se fuera a Londres y la dejara sola en West-eriy? No, no podría tolerar eso... pero sería aún peor si él sospechaba que ella lo amaba. ¡Muy divertido... otro corazón destrozado! Elysia se preguntaba si no eran sus desdenes y el obvio desagrado que había sentido por él lo que lo había atraído... ¡El, que siempre había recibido y esperado admiración y capitulación ante sus galanteos! Si ella proseguía con la comedia de mala voluntad hacia él, probable él no se cansaría de ella... al menos por ahora, y quizá pudiera conquistar su amor. Pero, ¿cómo podía pretender esto, cuando había capitulado tan totalmente ante él, y ahora sabía que lo amaba más allá de la razón? El era muy astuto: nada escapaba a sus ojos dorados. Aunque algo de la hostilidad había desaparecido en la relación entre ambos... todavía se sentía en terreno movedizo. Era más bien como si hubieran aceptado una neutralidad armada. Bromeaban e intercambiaban sarcasmos, pero con una base amistosa en el fondo. Habían entrado en una nueva fase de su relación... que podía fácilmente hacerse trizas.

Nunca dejaría que Alex supiera que lo amaba, se prometió Elysia a sí misma; nunca a menos que él correspondiera a ese amor. No se permitiría ser vulnerable a ese tipo de dolor. Jugaría el juego hasta el final, fuera cual fuere... de acuerdo a sus propias reglas.

—Elysia, Elysia —Louisa la observaba, preo­cupada—. ¿Te sientes bien? Estás muy pálida. No te sien­tes enferma, ¿verdad?

—No, estoy bien —contestó pesadamente Elysia. Tan bien como se puede estar teniendo el corazón destrozado, pensó desanimada.

—Sabes que lo que dices es exactamente lo que yo creo es el amor. ¡ Oh, es exactamente lo que siento! —Louisa miró por encima del hombro para cerciorarse que estaban solas, y después prosiguió, con tono confiado:

—He conocido a un hombre maravilloso, Elysia. Es alto y apuesto... y tiene los ojos azules más bellos que he visto y pelo rojizo —sus ojos brillaron como estrellas al pensar en él, y sus mejillas se ruborizaron.

—Se llama David Friday, y posee el alma más amable y buena del mundo. Lo conocí hace un par de semanas. Es­taba galopando y Paloma empezó a cojear. No estábamos lejos del establo, y el caballerizo fue a buscar otro caballo, y yo estaba con la pobre Paloma, cuando surgió ese joven no sé de donde y sacó el guijarro que se había metido en el casco de Paloma. Me habló como un caballero, de manera que supongo lo es... aunque estaba vestido como un marinero. Me sentía tan cómoda con él, sin la lengua trabada, como suele sucederme con los caballeros de Londres.

—¿Un marinero, Louisa? —preguntó dudosa, temiendo mucho que su amiga fuera a sufrir—. Pero seguramente tus padres no permitirán que...

—Exactamente —Louisa interpretó el pensamiento de Elysia—. No les gustará nada. De hecho, si papá descubre que un marinero se ha atrevido a hablarme... bueno, no sé qué sena capaz de hacer en medio de su cólera. Tienen grandes esperanzas de que yo haga un buen casamiento... aunque el marqués ya no esté disponible —dijo con una risita, y se mordió el labio mientras las lágrimas iluminaban sus ojos grises—. Oh, Elysia, estoy segura que si lo conocieras te darías cuenta que es de verdad un caballero, digno de mi amor. Aunque yo dudo ser digna del amor de él.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó lady Woodley, con tono divertido, desde la puerta—. ¿Secretos de colegialas? Bueno, Louisa, es mejor que vuelva usted al salón, porque su madre estaba preocupada al no saber dónde estaban ni usted ni la "Invitada de Honor". Corra a decirle a su mamá que pronto estaremos con ella... antes de que la mande al cuarto de los niños por haber sido mal educada y haber robado a una de las invitadas. Por suerte yo la vi salir y sostuve la charla —prosiguió con malicia, y rió cruelmente cuando Louisa se alejó apresurada, lanzándole una mirada de resentimiento.

—Oh, no se vaya aún, lady Trevegne —dijo lady Woodley, avanzando hacia Elysia, los ojos clavados como en una especie de trance en las esmeraldas de los Trevegne—. Quiero aprovechar la ocasión para charlar con usted.

—¿De verdad? —replicó cortésmente Elysia, que no confiaba enteramente en la joven viuda—. No creo que tengamos mucho que decimos.

—Está usted equivocada, porque hay muchos detalles que usted desconoce. No quiero que ignore la verdad, mi querida lady Trevegne —replicó, apartando de mala gana la mirada de las piedras verdes, sólo para fijarla en unos ojos igualmente verdes—. Yo habría cambiado esos engarces antiguos por algo más moderno —dijo, casi para sí misma, antes de que sus ojos se entrecerraran y una sonrisa curvara sus labios. Después prosiguió—: ¿Sabe usted que posee un título hueco? No es un título que usted haya conquistado con su astucia y sus esfuerzos para hechizar a Alex. Es usted marquesa porque yo rechacé la oferta de matrimonio que él me hizo. Se ha casado con usted por despecho... para salvar su orgullo. Alex sabe que pronto me casaré con un duque, y después de todo lo que se habló acerca de él y de mí, bueno, ya puede usted imaginar lo que dice la gente. Alex no permitirá jamás que la gente lo convierta en el hazmerreír de Londres y, naturalmente, tuvo que tomar medidas drásticas para no parecer que tenía el corazón destrozado y para mostrar un rostro despreocupado ante el mundo. ¿Qué cosa mejor que tomar una esposa y parecer un marido enamorado? De este modo nadie puede sospechar que se sintió herido por mi rechazo. Pero aún me ama... y yo todavía lo quiero. Recuerde que Alex y yo seguiremos como en el pasado, una vez que él se haya repuesto de su orgullo ofendido, naturalmente. Pero siem­pre hace lo que yo deseo —miró venenosamente a Elysia—. Supongo que no ha imaginado que podía enamorarse de usted. He sido su querida durante un año. Lo conozco. Y usted... usted lo conoce desde hace más o menos quince días. ¿Puede compararse esto con el tiempo que yo lo conozco?

—Tal vez lo haya usted conocido demasiado tiempo y él... quizás esté harto de sus encantos —replicó Elysia con calma, aunque por dentro se sentía llena de desesperación. Pero no iba a permitir que esta criatura viera hasta qué punto la había herido.

—¿Harto? ¿Harto de mí? —exclamó Mariana, incrédula. Estaba aún más furiosa porque sabía que aquello podía ser verdad. Pero no podía aceptar la frase de aquella mujer, tan hermosa y más joven—. ¿Cómo se atreve, ramerilla? ¿De verdad cree usted que podrá retener a un hombre como Alex? —miró de arriba abajo a Elysia, de manera insultante, con una risa desdeñosa—. Volverá a mí... siempre lo hace. ¡Aún me desea a mí, no a usted! Usted no tiene nada aparte de su nombre... no posee usted su amor!

Lady Woodley se volvió para abandonar la habitación, y una sonrisa curvó malignamente sus labios al pensar en la duda que había sembrado en el corazón de Elysia.

—Sí, tengo el título, llevo el nombre de Alex y seré madre de sus hijos. Dice usted que sólo poseo el título. Bueno, mi situación me hace dueña de las joyas que usted ha ambicionado tanto, y de las propiedades, y de Westerly, y me da un lugar permanente en la sociedad. Alex se ha casado conmigo, y es para siempre. Sí, tengo todo eso —habló Elysia, haciendo que la otra mujer detuviera sus pasos—. Pero se engaña usted si cree que no conservaré a Alex... porque lo haré y no sólo de nombre. Es usted, lady Woodley, quien no posee nada. No tiene usted ninguna de las cosas que reclama con tanta confianza: ni a Alex ni el título que ambiciona. Le aconsejo que no cuente los pollitos antes de que rompan la cascara. Buenas noches, lady Woodley —dijo Elysia altaneramente al pasar frente a la viuda, que se había quedado sin habla, y volvió al salón donde se oían las voces entremezcladas de hombres y mujeres.

El carruaje, al volver de Blackmore Hall, se zarandeó al hundirse en un pozo del destartalado camino, lanzando a Elysia contra el marqués. Ella se apartó como si se hubiera quemado, y se alejó aún más, acurrucándose en el extremo del asiento. Apartó la cara de la mirada curiosa de él, fingiendo estar absorta en la oscuridad más allá de la ventanilla. Su mente volvía una y otra vez a las malignas palabras de lady Woodley, y la cruel risa de esta era como un eco en su turbada mente. ¿Volvería Alex con la viuda? ¿De verdad le había pedido que se casara con él y ella lo había rechazado? Según los chismes no parecía que le hubiera propuesto matrimonio a la viuda. Pero, si lo que esta decía era verdad, el orgullo de Alex había quedado a salvo casándose con Elysia para evitar pasar por tonto. Nunca podría dejar que Alex supiera que ella se había enamorado de él —especialmente ahora— si él aún sentía amor por lady Woodley.

Había mentido al decir a la viuda que las riquezas y propiedades de Alex le importaban. Alegremente habría padecido la mayor pobreza para tener una parte de su amor.

¿Qué tenía de maravilloso una gran casa si tenía que vagar sola por los salones y los cuartos? ¿Quién estaba allí para verla vestida con finas sedas y rasos, adornada con joyas de la cabeza a los pies? No era un título vacío lo que poseía, sino un corazón vacío.

Tontamente había pensado que, con el tiempo, iba a lograr que Alex la amara... podría haber sucedido, pero ahora ella sabía que él se había casado con ella por despecho. Le había creído cuando dijo que se sentía en estado de ánimo de casarse... que casándose cumplía con sus propósitos y salvaba la reputación de ella. "Mentiras, mentiras, mentiras", gritaba una voz dentro de su corazón. Todo estaba estropeado... ahora que sabía que había otra mujer en la vida de él. No podía enamorarse de ella si estaba enamorado de lady Woodley.

Elysia suspiró desanimada, escuchando a medias la conversación entre Alex y Charles, y las voces adquirieron un tono salmodiante a medida que seguía mirando hacia la negrura de la noche. Entrecerró los ojos al creer percibir un relámpago de luz en el mar, un relámpago que desapareció en seguida —probablemente un reflejo dentro del coche de las candelas encendidas en el cristal de la ventanilla. Pudo ver que su propia cara se reflejaba pálidamente, los ojos distorsionados hasta que parecieron arder iridiscentes, como carbones blancos en su rostro. Elysia se acurrucó bajo la caliente capa forrada de piel que envolvía su cuerpo, disfrutando del contacto de la suave piel contra los hombros y las mejillas desnudas. Cerrando los ojos soñó en lo que podía haber sido.

Un dedo de roca se destacó de las demás y se movió silenciosamente desde el oculto escondrijo hacia el camino. El hombre permaneció clavado, como una estatua, contemplando el gran coche negro que desapareció en el camino y se perdió en la oscuridad, y el sonido de los cascos de los caballos fue desvaneciéndose hasta que volvió a reinar el silencio una vez más.

El hombre miró hacia el mar, los ojos alerta y buscando, hasta que distinguió el relampaguear tres veces seguidas de una luz. Después la luz desapareció. Miró a lo largo de los riscos de la costa, sabiendo que no iba a ver las luces en respuesta de la protegida linterna que hacía señas al barco en el mar, hacia algún lugar oculto. El barco navegaría ahora hacia alguna de las numerosas rías a lo largo de la costa. De no tener una idea general sobre la zona en la que iba a aventurarse el barco, las posibilidades de localizarlo —ya que deseaba atracar sin molestias y descargar su contrabando— señan de un millón a uno. Toda la costa de Comwail estaba llena de pequeñas rías y bahías secretas que penetraban profundamente, donde un barco podía anclar sin ser visto y cumplir con sus subrepticias tareas.

David Friday cruzó el camino y desató su caballo, que había dejado detrás de las rocas, y montó rápidamente. Se dirigió por el camino en dirección opuesta a la del coche que tan rápidamente había atravesado unos momentos an­tes. Corrió varias millas por el camino, hasta que pudo ver la curva de la costa que se prolongaba bruscamente hacia el mar, formando un puerto natural con una ría profunda. Un arroyo del páramo desembocaba allí para vaciarse en el mar, dejando un pasaje tallado en la roca hacia los altos riscos de arriba, y un fácil acceso al camino.

David desmontó dejando su caballo al abrigo de un grupo de pinos y se dirigió cautelosamente hacia el borde de la ría, agazapándose con cuidado en el borde... sus pies calzados con botas buscaban apoyo entre las resbaladizas piedras. De pronto resbaló y se inclinó peligrosamente ha­cia adelante, cayendo al fondo de la ría contra un levantamiento de rocas que formaban un estrecho borde lo suficientemente ancho como para detener el descenso que habría significado su muerte.

Permaneció inmóvil, respirando pesadamente, mientras procuraba recobrar el aliento y oía muchas voces alarmadas, seguidas por pasos que buscaban. Pero ningún ruido de pánico llegó hasta él... sólo el murmurar del mar. David dio un suspiro de alivio. Todavía debían de estar en la boca de la ría, desembarcando el cargamento. El golpear de las olas había ocultado el ruido de su caída, y el vigía —apostado en el camino al atisbo de transeúntes— estaba demasiado lejos para oír nada y dar la señal de alarma.

David Friday miró a su alrededor desde su elevado punto. Podía ver perfectamente el pequeño puerto, y la silueta del barco anclado más allá de la rompiente. Un botecito de remo avanzaba hacia la costa, donde había un grupo de figuras preparadas y esperando en la playa de arena.

El reborde se erguía sobre el paso, que quedaba directamente debajo de él. Sí, era un lugar perfecto para espiar. Se acomodó mejor, esperando que terminaran de descargar e iniciaran el ascenso por el sendero desde la ría hasta el camino costero. No sentía impaciencia ante la tarea —porque deseaba apresar este nido de contrabandistas. No era tanto que persiguiera a los contrabandistas... hombres que arriesgaban el pescuezo navegando a través del Canal patrullado por la Marina de Su Majestad y la Guardia Costera; ellos eran sólo los brazos y las piernas de la operación. Quería la cabeza de aquel cuerpo... el hombre que estaba sentado a salvo en suelo británico, dominándolo todo, y sin ensuciarse nunca las blancas palmas de sus manos no callosas... como no fuera con guineas de oro.

Todo puerto principal, aldea de pescadores o villorio, tenía una banda de contrabandistas. Desde Romney Marsh, hacia el norte, cerca de York, el contrabando prosperaba. Parecía ser una actividad aceptada por la comunidad. Uno podía disfrutar un buen coñac francés en casa del vicario después de la comida, o en alguna taberna local, o fragante té importado, por la tarde, en la sala de alguna dama elegante y muy respetada.

Los impuestos eran elevados, la escasez de todo artículo importado prevalecía con la prolongación de la guerra, y la gente había empezado a disfrutar de aquellos lujos... y vacilaba en dejarlos. El no andaba detrás de esa gente y su pequeño montón de seda, coñac, té y chocolate. Los pescadores y granjeros que se unían una vez al mes para cruzar a remo el Canal y traer una muestra de mercancías del mercado negro, y que se dedicaban al contrabando en pequeña escala, eran relativamente inofensivos.

El iba tras el contrabandista que traía "cargamento humano" y traficaba con mercancías a gran escala: no un rollo de seda y varias botellas de coñac, sino un cargamento de mil barriles de coñac, centenares de libras de té de la China, y un cuarto de almacén lleno de sedas finas, terciopelos y encajes. Se conseguían grandes ganancias con la venta de estos artículos de contrabando en las tiendas de moda de Bond Street y en el club de caballeros de St. James. Pero la ganancia mayor era traer un pasajero a través del Canal, desde Francia. El precio era realmente alto para el hombre que quena entrar en Inglaterra durante la noche, su cara olvidada por los silenciosos hombres de la tripulación, para desaparecer en el campo y reaparecer después en una concurrida calle en el corazón de Londres.

David Friday buscaba desesperadamente al hombre que traicionaba a su patria trayendo espías franceses. Napoleón tenía ojos y oídos en Londres, gracias a la avidez y avaricia de los traidores que se atrevían a llamarse ingleses. Dejaban que el enemigo entrara en Inglaterra, para conspirar, engañar, y después lo ayudaban a huir con documentos secretos e informaciones. Pero el traidor era mucho más mortífero que ese espía que actuaba bajo órdenes de su país, y que al menos era leal a este. El perro inglés que traía al enemigo no creía en nada. Sólo actuaba movido por la ganancia y el beneficio que iba a recibir de su trabajo. No sentía ni amor ni lealtad hacia su país... sólo el compromiso para obtener dinero.

Chilló una lechuza y, un momento después, se oyó la respuesta de cuatro chillidos desde lo alto del risco. El vigía había dado la señal de que todo estaba en orden, y poco después los oscuros caballos, cargados con botellas y barriles, y las toscas carretas, con sus anchas ruedas de hierro —para evitar que los vehículos pesadamente cargados se hundieran en la playa de arena— empezaron a marchar ha­cia la seguridad de sus guaridas: lugares de escondite en cuevas y granjas, tranquilas criptas de cementerios, sobresuelos falsos, armarios ocultos en las paredes de algunos hogares de las aldeas.

David estaba echado de bruces, el pecho apretado contra el reborde rocoso, cuando la caravana avanzó lentamente por el sendero. Oyó juramentos sofocados, cuando los pies resbalaban y los brazos se arañaban contra la ruda pared del risco, a lo largo del sendero estrecho y desnivelado.

David observó cuidadosamente a medida que los hom­bres y las bestias avanzaban. Sus ojos buscaban una figura solitaria con una capa que la ocultara totalmente y un som­brero. Pero los hombres estaban todos vestidos por igual con delantales y toscas casacas de lana. Conocía a la mayoría de aquellos hombres por haberlos observado previamente. La mayoría eran rudos trabajadores de la aldea. Los otros eran hombres contratados de otras partes —malignos y peligrosos, con pistolas cargadas metidas bajo los amplios cinturones. No veía caras nuevas. Su vigilia de esta noche había sido en vano. Esta marcha era sólo para llevar el cargamento; ningún hombre iba a separarse del resto para abrirse camino solo en la noche, o para volver al mar en el bote descargado.

Esperó a que los contrabandistas llegaran al camino y estuvieran ya en marcha antes de trepar por la ladera del risco hasta lo alto. Montó y galopó hacia los páramos, atravesando el camino, lejos de la caravana de contrabandistas. No era necesario que los siguiera, porque sabía dónde iban a esconder las mercancías. Los había observado muchas veces en el pasado cuando descargaban el barco y preparaban los caballos, después, lentamente y con cuidado atravesó los prados hacia diversos escondites. Pero la mayor parte de la carga estaba separada del resto... era la parte destinada a Londres y almacenada en un escondrijo hábilmente encontrado: una casa de verano de apariencia inocente. David había contemplado atónito cómo cargamento tras cargamento era descargado y llevado a la pequeña estructura en forma de pagoda... para desaparecer allí. Había buscado en vano después de la partida de los contrabandistas, pero no había encontrado huellas de que ahí se hubiera escondido un contrabando. Sabía que había un panel secreto que debía ocultar un pasaje o cueva, pero no había podido descubrirlo, pese a que había buscado con atención. Parecía inconcebible que aquella pequeña estructura pudiera ocultar un contrabando... sin embargo así era. La cueva proba­blemente se conectaba por un pasaje subterráneo con la casa del cabecilla —porque la casa de verano estaba alejada de los riscos, y no había puerto natural para que los barcos anclaran allí. Tampoco había encontrado ninguna cueva costera al atravesar la zona. Eso dejaba sólo un lugar: Blackmore Hall.

El caballero Blackmore era el hombre que buscaba. Un hombre tan insidioso que había obligado a los aldeanos y granjeros a hacer contrabando para él, cerrando sus tierras y el ejido común, no dejándoles sitio para los cultivos o para el ganado. Había cerrado las minas de estaño, dejando a infinidad de hombres sin trabajo. La aldea estaba bajo su control y los pobres pescadores —pocos hombres volvían con las canastas llenas— antes de morir de hambre, preferían hacer contrabando para él.

Sí, David Friday buscaba al caballero Blackmore. Sena un placer ver los muros de Blackmore Hall caer sobre la cabeza del hidalgo. Pero entonces recordaba unos nebulosos ojos grises que miraban confiados su rostro. ¿Cómo podía él destruir el mundo de Louisa Blackmore? Era tan inocente... totalmente ignorante de la nefasta villanía de su padre. David nunca había conocido antes una muchacha tan formal y preciosa. Era todavía una muchachita, porque no podía tener más de dieciséis o diecisiete años.

No iba a permitir que este asunto la manchara. Tenía que protegerla de alguna manera. Pero, ¿podía hacerlo? Era su trabajo —su deber— atrapar y detener al padre como a un traidor. Y ella sólo iba a sentir vergüenza y humillación cuando esto pasara... ¿y qué iba a experimentar entonces hacia el hombre que había provocado la caída de su padre? ¿Odio? ¿Asco? Estaba metido en una maraña, pensó con desesperación, al percibir la pequeña cabana del páramo directamente enfrente.

David miró por encima del hombro para asegurarse que no lo seguían, aunque había tomado un camino en zigzag. No quería arriesgarse a ser descubierto. Desmontó, y llamó una o dos veces a la puerta de la cabana antes de entrar.

Era una choza pequeña, de una sola habitación, iluminada por una parpadeante linterna que lanzaba una luz difusa sobre los toscos muebles y el hombre solitario, sentado en una mesa de madera, en el centro del cuarto.

—Buenas noches, capitán —dijo con presteza David.

—No es una noche muy buena, teniente —contestó el hombre de mala gana, acomodándose el gabán sobre sus anchos hombros. Sólo sus revueltas cejas color gris acero y sus ojos hundidos eran visibles detrás del alto cuello—. Venga, teniente, siéntese y descanse. Parece usted un poco agitado. ¿Ha tenido alguna dificultad? —preguntó bruscamente.

—No, capitán, sólo perdí pie al borde del risco —explicó David con una ruda sonrisa asomando en sus ojos.

El otro hombre pareció sorprendido y después sonrió.

—No me gustaría perderlo, muchacho... ¿todavía tiene piernas de marinero? Yo me siento como caminando en ángulo.

—No creo nunca poder caminar normalmente. Todavía siento la cubierta bajo los pies.

El comandante rió, una carcajada vigorosa que convirtió sus ojos en dos tajos, con millares de pequeñas arrugas bordeando los extremos y uniéndose para formar al fin una gran arruga. Estaba muy tostado por el sol, una cara envejecida por el mar y la intemperie. Miró al joven sentado frente a él con ojos penetrantes, ojos acostumbrados a mirar a lo lejos en busca de tierra, o la bandera de otro barco.

—Supongo, ya que ha vuelto usted tan temprano, que su amigo no se presentó.

—Así es, capitán. Fue sólo un cargamento de coñac y otras mercancías. No vi señal de ningún extranjero —con­testó David, apesadumbrado.

—Alguno aparecerá con el tiempo... o nuestro amigo decidirá atravesar él mismo el Canal. Sea como sea estaremos preparados. Y es absolutamente vital, más que nunca, que los atrapemos. He recibido noticias de Londres de que cierta información secreta de primera se ha filtrado, y que faltan unos documentos. Es de suprema importancia recobrar esa información y terminar con este círculo de espías —dijo con voz mortal.

—¿Cómo pueden haberse apoderado de esa informa­ción?

—Hemos tenido la suerte de descubrir al traidor en el Ministerio... un subsecretario de escasa importancia, pero lo bastante bien situado como para estar en contacto con informaciones importantes. Será juzgado. Su utilidad ha terminado... para todos. Pero hemos mantenido la cosa en secreto para no alarmar a la prensa. No queremos que huyan y se lleven la información... algo que Napoleón vendería el alma al diablo para obtener, si es que ya no la ha vendido.

—¿Sabe usted quién tiene esa información? —pre­guntó David, y un músculo palpitó junto a sus ojos—. ¿Acaso Blackmore?

—No, hasta ahora el buen caballero sólo ha trasladado espías franceses (rayéndolos y sacándolos de Inglaterra, junto con sus contrabandos. No se ha ensuciado las manos con el espionaje propiamente dicho —dijo el superior de David con asco—. Aunque podría haberlo hecho. Dar buen dinero inglés por el contrabando equivale a ponerlo en los bolsillos de Napoleón.

—¿Quién es el espía?

—Hemos tenido la suerte de obtener una confesión total del subsecretario. Es curioso el escaso valor de esos espías cuando se encuentran frente a un enemigo real. Trabajan mejor en la oscuridad, cuando pueden deslizarse como un perro que gimotea —habló con desdén, y el disgusto curvó sus labios—. Nos ha dicho que pasó la información a un francés que se hace pasar por emigrado, y que es en este momento huésped de nuestro país. En realidad es uno de los principales agentes de Napoleón. Se llama D'Aubergere y afirma ser un conde o algo por el estilo para tener acceso a la sociedad. Es ahora huésped del buen caballero —añadió, lanzando una mirada significativa a David—. ¿Comprende usted lo que eso significa?

—Sí. Nuestro francés sin duda espera a su amigo del otro lado del Canal, para darle la información y recibir nuevas órdenes. O tal vez él mismo llevará personalmente la información a Napoleón, para recibir el premio a su audacia. —David golpeó furioso con el puño la dura mesa—. Bueno, ¿qué esperamos? Vamos enseguida a detenerlo.

—Desgraciadamente no podemos hacerlo. Créame que sería para mí un gran placer. Pero dudo que lleve encima las pruebas... deben de estar bien escondidas. Y no tenemos nada... excepto la confesión de un traidor asustado, de que D'Aubergere realmente las tenga. Aunque lo detuviéramos, los documentos deben de estar en Blackmore Hall. Estos franceses son muy ladinos... los debe de tener bien escondidos. ¿Y puede usted suponer que el caballero no va a utilizar esto? Se enviará otro espía para que los entregue... a un precio muy alto, imagino, si es que entiendo correctamente el carácter del hidalgo. Y estoy seguro de que sabe el valor de lo que tiene en la mano.

El comandante contempló pensativo la luz vacilante mientras David esperaba abrumado, sintiéndose incapaz de actuar.

—No; debemos actuar con cautela. Aún ignoran que los sabuesos han olfateado al zorro —añadió el hombre de más edad, con un resplandor en los ojos—. Se sienten seguros en su manto de engaño. En lo que a ellos se refiere, no tienen nada que temer, y no se atreverán a despertar sospechas actuando con precipitación y arriesgándose. Jugarán sobre seguro... no se expondrán a ser descubiertos. El conde esperará un contacto, o viajará a Francia llevando él mismo la información. Sospecho que ocurrirá esto último. El ego ha precipitado la caída de muchos hombres... y este francés no es la excepción. Sin embargo, con algo tan importante como ese paquete... bueno, temo que envíen un barco de guerra francés para recogerlo. No se arriesgarán a que lo atrape la Guardia Costera con algo de vital importan­cia. Por lo tanto debemos esperar, como espera D'Aubergere. Y bajo ninguna circunstancia debe permitirse que D'Aubergere pase los documentos. Le daremos bastante cuerda como para que los saque del escondite, y después se ahorcará él mismo cuando lo pesquemos con las manos en la masa, junto con Blackmore y sus contrabandistas. Aunque estoy seguro de que el buen caballero negará todo conocimiento de las actividades clandestinas de D'Aubergere... asegurará que ha sido engañado, suciamente traicionado, pero todavía lo atraparemos —prometió ominosamente— porque le será difícil explicar por qué un refugio de contrabandistas está oculto en una casa de verano. Gracias a usted estamos enterados de las operaciones de contrabando. Es una suerte que encontrara usted el hilo cuando aún estaba en Francia. Ahora, más que nunca, es una suerte que sepamos lo de Blackmore. Creo que lograremos romper ese círculo.

—Los aldeanos participan en esto contra su voluntad, sabe usted —dijo David—. Ni siquiera reciben una paga justa por sus trabajos. Ese canalla de Blackmore los ha forzado a trabajar para él. De otro modo se morirían de hambre. Es abominable que un hombre como Blackmore pueda ser tan poderoso. Y sin embargo hay un asqueroso marqués rico que vive sólo a unas millas de aquí, hacia el oeste, y no hace nada para ayudar a la aldea, como es su responsabilidad. ¡De hecho no me sorprendería que también estuviera metido en el asunto!

—Le aseguro que hablaré en favor de los aldeanos, pierda usted cuidado —prometió el comandante—. Conozco al marqués de St. Fleur, y aunque está un poco loco, sé que es honorable... sin duda no tiene la menor idea de todo esto.

—Oh, señor, debo prevenirle que hay algunos sucios clientes que trabajan con Blackmore, y no me gustaría meterme con ellos, a menos de estar bien armado. Son de Londres o de sus alrededores...: no son locales, y jamás he visto personajes más mezquinos —aconsejó David— la cosa puede ponerse fea si hay pelea.

—Tengo mis hombres. Liquidaremos rápidamente a esa chusma. Pero es mejor que me vaya, el barco debe de estar esperándome —dijo, poniéndose de pie y mirando alrededor de la modesta cabana—. Lamento que deba quedarse usted aquí. ¿No podría pernoctar en la aldea, en algún lugar decente?

—No, me temo que no. Ya sabe usted hasta qué punto los campesinos desconfían de los extraños. Nací y me crié en una aldea del norte, y como mis padres no eran de aquella comarca, siempre se me consideró extranjero. Sería tan llamativo como un muchacho caballerizo en el Almack, si me quedara en St. Reur —afirmó—. He tenido menos que esto, capitán, y es una contingencia que soporto con alegría, con tal de descubrir este nido de ratas.

—Bien, muchacho, tengo completa fe en usted. Hágame señas si ocurre algo inesperado. Vigile con atención, porque no necesito recalcarle la importancia de este asunto.

Se abotonó la casaca hasta la garganta y salió de la choza, saludando con la mano al joven, que debía quedarse entre las inhóspitas paredes.


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